Mario Vargas Llosa: La Guerra del Fin del Mundo

 

 

Jorge Arturo Flores

Al escritor peruano se le ubica fácilmente por sus primeras obras: La Ciudad y Los Perros, Casa Verde, Los Cachorros,  Pantaleón y las Visitadoras, Conversación en la Catedral. Después hay un salto largo de novelas que no tuvieron, a nuestro juicio,  la importancia de las mencionadas, deviniendo en ésta, La Guerra del Fin del Mundo,  lo mejor de su producción.

Cuestión de gusto claro está.

Porque La Fiesta del Chivo, que trata de un hecho importante en la historia de Republica Dominicana, pasó sin pena ni gloria y literariamente hablando cuesta hincarle el diente. Algunos sin embargo la elevan con frenesí. Repetimos, cuestión de gustos. También se incluyen entre sus cumbres Conversación en la Catedral. La han tratado hasta de monumental. No es abandonada de los dioses, pero en  gustos, ya lo sabemos, no hay nada escrito. Creemos que mejor le fue con Elogio de la Madrasta y Los Cuadernos de don Rigoberto. Pero  la campana no ha sonado igual como sus primeros libros.

Suele ocurrir.

 

LA GUERRA DEL FIN DEL MUNDO

 

Es un relato que se entronca en un hecho real, acaecido en el noreste de Brasil. Hay libros y un filme sobre el tema. Vargas Llosa coge una parte de la hebra.  Un líder mesiánico, El Consejero, reúne a sus partidarios, analfabetos, pobres, ingenuos, desheredados de la mano de Dios, y, no sin cierta reciedumbre, los conduce a vivir a un pueblo distante, Canudos,  esperando el ocaso del planeta. Es un grupo heterogéneo, con una idea fija en su mente, llevados de la mano del Consejero, sobre quien depositan una fe ciega y una confianza irracional. Mal que mal,  toda esperanza había sido aniquilada y ahora surge alguien que les dice que nada está perdido, que juntos obtendrán lo preciado, que Dios también los ama.

El Consejero está impuesto en forma elusiva, como corresponde a un ser distinto.

Reunidos en torno a su figura, la turba trata de convivir paciente y pacíficamente.

Hay historias de amor, por supuesto, en los escasos momentos de felicidad. El paisaje, terrible en su dibujo, con un calor insoportable y desértico ad eternum, encoge el espíritu y permite mirar con simpatía el esfuerzo de esos seres que escapan de un mundo insensible que le dio con la puerta en las narices, impidiéndole socializar y apreciar las mieles del progreso.  

El tema de las masas en pos de un líder mesiánico es   recurrente en la historia de la humanidad que tiene, al parecer, su principio en la vida de Cristo. El estandarte es el clásico mensaje de un mundo mejor, sin egoísmos, lleno de paz y amor, donde todos serán felices, comiendo perdices. ¡Ah inocencia humana!.

Pero ya sabemos que la sociedad no está dispuesta a tolerar que las ovejas abandonen el corral y, como ante todo priman los intereses económicos, ésta accede al poder político para meterlos en cintura, buscando su domesticación. Como sucedió con Cristo en tiempos del Imperio Romano.

Son piedras que molestan en los zapatos.

Entonces, el aparato militar, dependiente del poder político, del económico y mirando obsecuente al religioso, no encuentran nada mejor que avanzar sobre esas tierras pobres para combatir a los Canudos, malamente armados, sólo provistos de una fe irracional, lejanos al militarismo. Pero he aquí, como en todo orden de cosas, que la cuestión explosiona y los humildes, los pobres, los desheredados de la mano de Dios, provistos de una fuerte fe religiosa, se preparan, atrincheran, resisten, les infligen humillantes derrotas y obligan al Ejército, cada vez con mayores elementos y soldados, a retirarse ( honrosa acepción de “huir”).

No obstante ello,  el peso de la mayoría vence a la minoría.

Fueron cuatro expediciones militares. Sumaron diez mil soldados, provenientes de 17 estados. Incendiaron Canudos y degollaron a  los prisioneros. Murieron 25 mil personas.

No sabemos por qué nos  recuerda a ciertos  “valientes soldados…”

LA INTOLERANCIA, EL FANATISMO, LA OMNIPOTENTE AUTORIDAD

Son muchas las lecciones que deja la lectura de la, íbamos a decir monumental,  formidable novela. Desde luego, está perfectamente armada, provista de un estilo inmejorable, con una capacidad para recrear los ambientes realmente valiosa, sin dejar al lector a la deriva y embebiéndolo en la aventura hasta el desenlace. Son más de 500 páginas…. y se hace fácil de leer.

Elogio para el autor.

El diseño del fanatismo religioso,  tan caro al progreso humano, está cabalmente retratado. El libro, sin embargo,  no provoca choques morales al leyente por cuanto la odisea de los desprovistos permite mirar con cierto afecto sus movimientos. Siempre serán gratas a la vista las corrientes sociales que abominan de la discriminación, el aprovechamiento, la pobreza. Y serán reprobados quienes, desde el poder económico, militar, religioso  y social, admiten, inducen, aceptan tan desatinada idea. Aquí descuella  la intolerancia religiosa que, en estos campos,  se aúna a la económica y social. Todo lo que haga peligrar el establishmen es repudiable y se trasvasija con rapidez a la violencia de las armas, con el único fin de exterminar a quienes los desvelan, no los dejan producir tranquilos o les impiden juntar riqueza con mansedumbre.

Porque todo, en resumen, se reduce a eso, aunque los maquillen con  palabras como paz social, democracia, desarrollo, libertad, igualdad, fraternidad, etc.

La política y la economía, junto a la religión, son los grandes poderes que manejan el mundo y no admiten competitividad, si bien hacen gárgaras con la expresión libre competencia y la manoseada libertad. En materias religiosas es peor, porque se reúne una crápula  inescrupulosa, “juntas las manos, ojos cerrados”, que se suceden en el tiempo, manipulando mensajes  adscritos a la tarea de prohombres notables, enquistándose en el poder, acrecentando a costa de los ingenuos y manteniendo un imperio donde la corrupción, las venalidad y todo lo relacionado con el sexo, marcan el porvenir.

Un asco.

La Guerra del Fin del Mundo, a nuestro juicio, representa lo mejor de la producción de Vargas Llosa y su atenta lectura aporta un amplio panorama de ideas generales sobre la actitud del ser humano en su eterna lucha por creerse caso único y, con ello, provocar, en el escenario social, económica social y religioso, cambios frustrantes que implican, casi siempre, una constante degradación.

Lejos, muy lejos, por cierto, de las abundantes teorías sobre el buen convivir.

Vargas Llosa, en sustancia, ha hecho suya la propuesta de ir contra la corrupción diseminada, abogando por los desposeídos de libertad y riqueza y enrostrando los desenfrenos en que ha caído el ser humano, merced al continuo avasallar de las ideas religiosas, políticas, económicas y sociales.

Con este libro lo obtiene plenamente.

2 comentarios en “Mario Vargas Llosa: La Guerra del Fin del Mundo

  1. He leído con mucho tu interés el comentario realizado en tu pagina web y me parece muy bien. Coincidimos con el juicio a este gran libro, uno de los mejores. Un saludo.

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