ENRIQUE CAMPOS MENENDEZ: Dos Cuentos

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Por Jorge Arturo Flores

A ningún escritor de ningún país debe agradarle la censura. Los creadores son, por regla general, libres y tienden a la autonomía, a zafarse de los rollos morales, necesitan aire y espacio para crear.
Por ello, jamás soportarían el pesado yugo de la tacha.
En Chile, en tiempos que uniformados tomaron el poder y la cultura cayó por “el peso de la noche”, hubo escritores, sí, colegas, que se distrajeron tijereteando textos que llegaban a su poder o enviando al fuego los libros que no coincidían con el pensamiento oficial. De esto, ya sabemos, están plagadas las historias del mundo. Los gobiernos, mejor dicho, las tiranías, no aceptan que alguien se levante y haga ver las barbaridades que cometen.
Para ello emplean a los censuradores, además de otros apremios, no precisamente literarios.
Entre los colegas destinados al avieso afán de censurar textos de escritores chilenos estuvo el escritor magallánico Enrique Campos Menéndez.
El hombre pudo ser mal escritor, bueno o regular. Eso lo dirá la historia. Lo repudiable es la actitud.
Bien. En su numerosa obra, que no es popular ni bordea la genialidad, aunque le sirvió como antecedente para obtener el Premio Nacional de Literatura, eufemismo que ocultó la verdadera razón del premio, dio con dos cuentos que nos han parecido siempre destacados.
Provienen del libro “Sopla el Viento”.
El primero, intitulado “El Misionero”, que recuerda un poco al “Eclipse” de Augusto Monterroso, es un relato casi perfecto en su estructura. Es algo breve, un tanto sintético, con una tensión eficaz, un desarrollo dinámico, acertada ambientación y final sorprendente. Trata sobre la llegada de un sacerdote a la región patagónica. Adviene como misionero para adoctrinar a los onas en la religión cristiana. Para ello vive un tiempo con ellos, se empapa de su cultura, no deja de predicar y, como fundamentalista, piensa que la suya es la única verdad con el único Dios, al contrario de los indígenas que poseían varios, obtenidos de sus experiencias con la natura. Provisto de una labia convincente logra al fin persuadir a los onas sobre lo fabuloso de su religión y, para doblegarlos, pinta el paraíso como una maravilla incontenible. Lo recrea tan bien y apasionadamente, como alucinado, que los aborígenes deciden suicidarse para adelantar el paso a esa vida extraordinaria. Pero él les habla sobre el pecado del suicidio. No pueden hacerlo. Es malo. Entonces, con alegría y amor, amparados en la generosidad cristiana, deciden dar muerte al sacerdote con el objeto que llegue cuanto antes a ese bello paraíso, para así encaminarlos y guiarlos después, cuando ellos mueran. “Un mal disimulado terror, apenas encubierto por una sonrisa, que era casi una mueca, se apoderó del misionero. Forzado a mantener sus principios, al mismo tiempo que decidido a conservar la vida, su cara reflejó una expresión tan ambigua, que el johon, interpretándola a su manera, le dijo: No, no lo agradezcas. Te lo has ganado”.
Y lo mataron.
El segundo se llama “Oshelten, el mago”. Trata sobre la historia de Oshelten, famoso hechicero de las tierras de Oneisin, tierra de onas. Su padre, que también fue johon, le enseñó la práctica de la magia y la hechicería. Lo hizo tan bien que se convirtió en célebre y de todas partes venían a verle. Sin embargo, sus poderes no eran ciertos y solamente su inteligencia y sagacidad los hacía aparecer como tal. Vivía contento, agasajado, era temido y tenía inmenso poder. ¡Qué más pedir!. Sin embargo, su hijo Minkiol, a quien trató de enseñarle sus argucias, no quería seguir con el negocio familiar y sólo deseaba ir a vivir con los blancos. Se fue. Volvió a los años, delgado, macilento, enfermo de muerte. La tribu, cuando vio el inminente fin, decidió abandonarlo, como era tradición, para que no contagiara a los demás. Su padre hubo de admitir la tradición, pero en la noche huyó para ver a su hijo. Este sabía que vendría y le pide que lo salve, tal como salvó a tantos con su magia. Y allí se encontró el hechicero con la terrible verdad: no tenía poderes y no salvaría a su hijo. Todo era una mentira. Sin embargo….
Los relatos están decorosamente escritos, aunque pecan de ultrapetita en los parlamentos. Nos recuerdan discursos de toquis araucanos. Soporíferos. Es posible que ello provenga de la transcripción literal de las leyendas que el escritor conoció, pero habría ganado mucho si le aplicara la tijera de la síntesis y la brevedad.
Lo que realmente interesa son los motivos que presenta.
Son dramáticos. El misionero debe morir para no traicionar sus principios, pero no quiere hacerlo por su apego a la vida. Su fervor religioso no contaba ciertamente con su propia muerte y ni el martirio estaba consultado en su credo. Era para otros. Hay allí una disyuntiva trágica y cómica. Es notable. Y el hechicero, frente a la enfermedad de su hijo, contempla por fin la realidad de sus engaños. Debe salvar a su hijo aplicando las artimañas que lo hicieron conocido.
Dos encrucijadas que cierran los relatos. Son muy buenos.
No se hará perdurable la obra del escritor magallánico ni ostentará medallones meritorios, salvo el cuestionado Premio Nacional, ni quedará en el imaginario popular, exceptuando El Misionero. Su tarea, no escasa, es más bien regular y no trascendió.
Desde el fin de la dictadura hasta el término de sus días no estuvo precisamente acompañado y nadie lo recordó con frenesí.

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