Max Jara: Ojitos de Pena

 

ryden_rose

 

Por Jorge Arturo Flores

¿Llorando las propias

¿Quien vio las ajenas?

 

Entre los escritores chilenos de bajo perfil y que tuvieron su minuto de gloria por corto tiempo está Max Jara, nacido en Yerbas Buenas, cerca de Linares.

No era precisamente un dechado de simpatía y jolgorio. Más bien lo contrario. Al través de la prensa siempre se mostró muy hosco, celoso de su intimidad, lejos del ruido citadino, con ninguna adicción a la sonrisa.

Recuerda un poco al otro “pesado” de la literatura chilena, Carlos Droguett.

Sin embargo, el hombre escondía en su fuero interno una almendra poética digna de rescatar. Su poesía, muy escasa, no fue óbice para que le otorgaran el Premio Nacional de Literatura (escenario parecido al ocurrido con González Vera en punto a producción artística) y pasó a la memoria lírica con un poema que traspasa las fronteras del olvido, es visita permanente en las antologías y nunca pierde contemporaneidad.

Hablamos de Ojitos de Pena.

Es un poeta simple, fácil de leer, muy fluido, sin recovecos, saltando a pasitos, profundo, escrito al desgaire, pero con una emoción, con una profundidad sicológica, con un acierto narrativo que obliga al aplauso.

Es un ritornelo que viene y va, cuyas repeticiones no molestan y le dan el énfasis al trabajo

El tema, manido por siglos, es la desesperanza, la tragedia íntima, el amor no correspondido, la mala suerte en estos ámbitos. Una suerte de depresión congénita que abarca desde el nacimiento hasta la muerte, sufriendo la metamorfosis del tiempo en un ser humano. Posee en grado máximo la facultad de la brevedad y la síntesis, esas virtudes tan queridas.

En el fondo un drama cotidiano. Pero puesto en el tapete con indudable talento y maestría. Nada falta. Nada sobra. Pequeña obra maestra.

Leámosla:

Ojitos de pena
carita de luna,
lloraba la niña
sin causa ninguna.

La madre cantaba,
meciendo la cuna:
“No llore sin pena,
carita de luna”.

Ojitos de pena,
carita de luna,
la niña lloraba
amor sin fortuna

“¡Qué llanto de niña,
sin causa ninguna¡”,
pensaba la madre,
como ante la cuna:
“¡Qué sabe de pena,
carita de luna!”

Ojitos de pena,
carita de luna,
ya es madre la niña
que amó sin fortuna;
y al hijo consuela
meciendo la cuna:

“No llore, mi niño,
sin causa ninguna;
¿no ve que me apena,
carita de luna?”

Ojitos de pena,
carita de luna,
abuela es la niña
que lloró en la cuna.

Muriéndose, llora
su muerte importuna.
“¿Por qué llora, abuela,
sin causa ninguna?”

Llorando las propias,
¿Quién vio las ajenas?
Mas todas son penas,
carita de luna.

(Imagen obtenida desde la Internet)ryden_rose

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