Hernán Díaz Arrieta (Alone) y Carlos Prendez Saldías

Jorge Arturo Flores

Los Asnos Cargados de Oro fue el título de la columna escrita por Alone que  encendió la polémica entre éste y Carlos Préndez Saldías. Todo ello ocurrió cuando Alone contó en un artículo de la antigua revista Zig Zag, allá por el año 1951, que el “señor Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile” aliviaba a los mencionados asnos de su dinero para  solventar los premios literarios que otorgaba la SECH.

Los asnos cargados de oro eran los ejecutivos bancarios.

A fin de respaldar su aserto, Alone comentaba que se lo había dicho un  amigo de ambos, sin mencionarlo. Posteriormente cuando Préndez Saldías, el Jefe Tartamudo, como lo motejaba Enrique Lafourcade, replicó duramente, el crítico descubrió su fuente: Eduardo Barrios.

La columna fue el pretexto para que Alone revolviera el pasado.

CONCURSO DE NOVELA

 

Organizado por la SECH, cuyo premio de cincuenta mil pesos de la época fueron donados, naturalmente, por “los asnos cargados de oro”, tuvo como jurado a Eduardo Barrios, Alberto Romero y Carlos Préndez Saldías. El galardón lo obtuvo Infierno Gris de Ortega Folch, un desconocido. Advirtamos que en el concurso participaron, sí,  Hijo de Ladrón de Manuel Rojas, El Mulato Riquelme de Fernando Santiván, La Vida, simplemente de Oscar Castro y Puerto Limón de Joaquín Gutiérrez. Junto a tres primeros nombrados, el lector avisado, culto e inteligente, ¿recordará alguna vez haber leído o visto el nombre del ganador de marras?.

Difícilmente.

Alone defendió a muerte la presencia de Hijo de Ladrón.

Y, con el destape de los asnos áureos, aprovecha la ocasión para pedir explicaciones.

Carlos Préndez, “el señor Presidente de la Sociedad de Escritores de Chile” no se las da nunca y eso enciende al Pontífice Literario. Le recuerda con ironía que le ha preguntado veinte veces y no ha respondido en la misma medida. Con sorna acota: “Pero no hay peligro de que guarde un prudente silencio. Solo ha contestado siete veces; le faltan, por lo tanto, veinte más. Es, ya se sabe, su limite”.

Por el numero 27.

¿Qué es ésto, a qué viene el número en comento, dirá el desprevenido lector?. Ocurre que antes de la trifulca, Alone envió al suelo el libro intitulado “27 mujeres en mi vida” de Carlos Préndez Saldías. Lo liquidó con esta frase que han quedado en el bronce y en la memoria popular: “Pocas para amoríos, muchas para amores”.

Simplemente genial.

Desde entonces, se calculará, no se miraron con cariño desmedido.

 

QUE DIJO PRENDEZ SALDIAS

La polémica, por supuesto, dio para todo. En ella el “señor Presidente de la SECH” arremetió contra el crítico acusándolo de varias negligencias y errores. Entre ellas, que sus crónicas eran “estimulantes para la siesta”, que el no haber aceptado ser parte del jurado lo hizo desperdiciar “la única oportunidad que ha tenido para trabajar a conciencia en una labor de critica literaria”; que en el articulo Un Hombre en el Universo de Magdalena Petit, (media pagina justa del diario con una remuneración de $ 1.000), “por arte insospechado, consigue no decir nada sobre la novela ni sobre su autor. Para un acierto semejante, resulta desproporcionada la remuneración que el pregona”.  Sobre el sueldo del crítico por cada comentario ($1.000), el polemista expresa que “tal suma no es exagerada y hasta para algunos puede resultar exigua si se consideran con benevolencia sus méritos de escritor”. Alude a que “es un critico hábil,  aunque falto de ecuanimidad casi siempre”. Apunta más allá:”ha respondido con sus acostumbrados malabarismos verbales quien se siente padre y sostenedor de la alta crítica en Chile.

También se acopló el resto de la jauría  al insinuar, majaderamente, que el crítico literario no leía los libros y, aun así, escribía sobre ellos en el diario.

Feroz ataque

QUE DIJO ALONE

Hablando sobre “el veintisiete veces meritorio poeta”, Alone va desperdigando su ironía, que se transforma lentamente en sarcasmo, en lo que él considera puntos fundamentales en la discusión: el error de un jurado en no premiar al Hijo de Ladrón, la habilidad del “señor presidente” para obtener dinero,  la dudosa capacidad literaria del autor, como asimismo, algunos repasos a su persona.

Dice que el señor presidente “es un hombre humilde, enemigo de jactancias y que no gusta lucir sus proezas” (alusión al libro citado). Después indica que el poeta no valida las virtudes de Hijo de Ladrón, se corre por la tangente, no  calla, le gusta la polémica: “Pero, tal como hay cojos aficionados a correr, sordos que tocan el violón, afónicos que cantan, Préndez es, pásmese el lector “un cultivador entusiasta de la polémica”.El lo dice. Lo hace porque le gusta, para exhibirse, porque de otra manera no conseguiría que leyeran, ni aun, que publicaran sus artículos… Su capacidad de hacerse ilusión sobre si mismo le permite la de creerse victorioso cuando, precisamente, le pegan en el suelo”.

Añade: “Se hace el distraído y, finalmente, echado atras sobre sus dos pies, bate las alas y lanza un alegre cacareo de triunfo, obligando al lector de las 27 a preguntarse si así serán también sus otras glorias…..Las que allí se atribuye quedan allí mismo bastante maltrechas”.

Un golpe al plexo solar, sin miramientos.

 

 

 

  RETO A DUELO

Pero aun faltaba la guinda de la torta. Después de revelaciones, réplicas y dúplicas, Préndez Saldías reta a duelo al cronista literario, nombrando para la citación a los escritores Guillermo Labarca y Jerónimo Lagos Lisboa.

Le hacen llegar una tarjeta.

Alone, a su vez, confecciona y entrega otra: Por el silencio poblado de teléfonos con que han venido sus tarjetas,” en misión del señor Carlos Préndez Saldías”, supongo que mi contendor, tras la victoria que tan sonoramente se atribuyó en nuestra polémica literaria, quiere ahora matarme de otro modo, en presencia de testigos. En tal caso, díganle que no me atrevo a batirme con él. Me da mucho miedo. Los malos escritores suelen manejar perfectamente todas las armas, excepto la pluma, y triunfan de cualquier manera, menos con la inteligencia“.

A nuestro juicio es una pieza de antología.

Habla, igualmente, sobre su salida del diario La Nación, que el poeta aludió con sorna:”Yo debería en verdad estarle agradecido a mi obstinado contendor. Le debo haber salido de un diario de segunda clase y estar en uno de primera clase”. Sobre su nombramiento como jurado por la SECH para el evento literario, aclara que “los comunistas hicieron una hábil maniobra, se apoderaron del directorio y me echaron de ese puesto honorífico, que, sin solicitarlo, me había concedido una institución a la que no pertenecía”.

Y remata explicando las fuentes de sus rozamientos con su contendor: “Acaso, muy adentro, por una causa constante: pese a mis esfuerzos y al reconocimiento de sus virtudes, no puedo encontrarlo inteligente. Qué hacerle. Lo hallo fatuo, cándido, hueco, espectacular, satisfecho, inocente…Es un hombre bueno en el fondo, pero también porfiado. Por algo se entendía bien con esos amigos cargados de oro, que simbolizan la porfía”.

No había caso: al final la gota de ácido.

 

FIN DE LA POLEMICA

Ésta finalizó con una columna de Alone donde resume el altercado, añadiendo algunas consideraciones que sorprenden. Dice que alguna vez autorizó la publicación de un artículo en que se le agredía. También la otorgó para un artículo “grosero y mal escrito” sobre su persona.

Quien lo redactaba era un viejo conocido: Carlos Préndez Saldías.

Recuerda, asimismo, que, en medio de la disputa, Manuel Rojas no dijo ni chus ni mus. Eso el cronista lo aprecia y rememora la indiferencia de Ernest Renán cuando lo embestían.

Nunca respondió.

Termina conversando sobre el objetivo de escribir: “Nadie escribe ni menos publica para si mismo”, dando a entender que las polémicas vienen siempre asociadas con el deseo de hacer visible la persona.

Esto en palabras sencillas.

Los debates, siempre acalorados, finalizan sin ganadores ni perdedores.

Sólo ganan “los peladores”

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