El Perro del Regimiento (Daniel Riquelme)

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Por Jorge Arturo Flores

Unos de los relatos que han pasado a la inmortalidad literaria es El Perro del Regimiento de Daniel Riquelme, inserto en el libro Bajo La Tienda. La característica de éste y el resto de los relatos es que están narrados por alguien que estuvo presente en los combates de la Guerra del Pacifico. Daniel Riquelme era el corresponsal de El Heraldo de Santiago y escribía sus impresiones de la conflagración desde el “mismo sitio del suceso”.

En consecuencia, los relatos aquí descritos están referidos por  un narrador que cuenta a otros lo ocurrido. Algo así como el abuelo a sus nietos alrededor del fogón, por tomar un ejemplo.

El cuento está divido en 2 partes. La primera habla sobre la reticencia de los soldados del regimiento Coquimbo para aceptar el nuevo comandante, lo cual rápidamente se arregla.

En la segunda parte toma el protagonismo este perro héroe, seguramente un quiltro, que se acercó al campamento y conquistó el cariño de los sufridos soldados. Al principio no lo trataron bien, porque provocó algunos desaguisados, pero posteriormente se hizo querer, sabía distinguir grados y tuvo una heroica acción en una batalla al retener a un soldado enemigo hasta que llegaron los suyos.

Hasta ahí todo bien.

Pero su lealtad, su naturaleza, su afán por estar vigilante y proteger a quienes le daba cariño, fue su perdición.

Es la parte emotiva del relato, la que sacudió las fibras de los rudos soldados y deja en el lector un sabor amargo, especialmente cuando se encariña con ellos.

En medio de la noche, la caravana de soldados avanzaba a tientas y a ciegas por el terreno en pos de los enemigos que están a cierta distancia. La orden perentoria era silencio absoluto para sorprenderlos. Coquimbo, que así apodaron al perro, iba con ellos, en la vanguardia. Como siempre. Atento. Su fino oído percibió al enemigo. E hizo lo que cualquier can realiza: ladrar, avisando del peligro. Por más que los soldados trataron de  callarlo, el porfió en cumplir con su deber.

Tuvieron que sacrificarlo.

“En las filas se oyó algo como uno de esos extraños sollozos que el viento arranca a las arboladuras de los bosques… y siguieron andando con una prisa rabiosa que parecía buscar el desahogo de una venganza implacable”.

Termina Daniel Riquelme su narración con la moraleja acostumbrada y que  sintetiza el meollo del asunto:  “Y quien haya criado un perro y hecho de él un compañero y un amigo comprenderá, sin duda, la lágrima que esta sencilla escena que yo cuento como puedo, arrancó a los bravos del Coquimbo, a esos rotos de corazón tan ancho y duro como la mole de piedra y bronce que iban a asaltar, pero en cuyo fondo brilla con la luz de las más dulces ternuras mujeriles de este rasgo característico: su piadoso amor a los animales”.

FIN

 

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