Pablo Neruda: Los Poemas 15 y 20

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Prohibida su reproducción, salvo que se indique nombre del autor y la fuente.

Por Jorge Arturo Flores

La inmortalidad de un poeta se mide por  sus versos recordados a fuego durante todo el tiempo. Cuando ellos se repiten en los labios de los seres humanos con  la misma sensación de arte, frescura, tonalidad, acierto y belleza, significa que el vate dio en el blanco y con esos signos líricos, estampados en el papel,  traspasa  el umbral de los tiempos y tiene un lugar en el Olimpo de la Poesía.

Pablo Neruda escribió mucho, tal vez demasiado. No toda su obra es compacta. Ni delimitada, breve o sintética. No. Tendía a la grandilocuencia, a la inmensidad oceánica, a la desmesura, poseía, en verdad, escaso control en la mano.

Pese a ello, dio con poemas bellísimos, que siguen perdurando en la cronología.

Como, por ejemplo, los célebres poemas 15 y 20 del libro VEINTE POEMAS Y UNA CANCION DESESPERADA.

Son clásicos.

Existe absoluta coincidencia en señalar que estos versos están en el imaginario popular y hasta el más desprovisto de cultura lo recuerda y tiende a rememorarlo:

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche”,

O bien este otro: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”.

Nadie lo desconoce y todos lo ubican. Incluso por ahí también resuena el “ Los de entonces  no somos los mismos. O este otro: “Fui solo como un túnel

Loados sean  porque han permitido que el arte quede en la mente de las personas con absoluto desparpajo y facilidad, se han metido en las casas, en los lugares más lejanos, en las conversaciones, en los pensamientos. Eso es inmortalidad. Cuando dejen de sonar, mueren.

Pero  no solamente estos versos son relevantes y recordados. Hallamos otros en el mismo poemario que, si bien no tan populares, son muy buenos. Veamos éste:

Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,

te pareces al mundo en tu actitud de entrega.

Mi cuerpo de labriego salvaje te socava

y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.

Sigamos:

Te recuerdo como eras en el último otoño.

Eras la boina gris y el corazón en calma.

En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo

Y las hojas caían en el agua de tu alma.

Ciertamente los sesudos académicos o los cejijuntos críticos literarios o los inconscientes admiradores (más cercanos al analfabetismo cultural) dirán que esta parte de la producción nerudiana es la que menos valor artístico posee en su obra. Porque son los primeros, porque era muy joven, porque son temas románticos, porque el amor, el deseo, porque si, porque no, porque son demasiado claros, sencillos y, por tanto, muy entendibles para la masa. No ofrecen resistencia. Se entregan con cierta facilidad. En cambio Residencia en la Tierra, oh, allí sí existe arte, cambio, evolución, altura lírica. Y se desmayan de tanto ponderar esta obra.

El común, el lector pacifico, diletante ¿preferirá acaso  Residencia en la Tierra a los 20 poemas o a Las alturas de Machu Picchu, que es  obra notable o al  Farewell de Crepusculario que es irrepetible?.

Lo dudamos.

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