NICANOR PARRA : El Gato

artefacto-antipoeta

PROHIBIDA LA REPRODUCCION DEL TEXTO, SALVO QUE SE MENCIONE AL AUTOR Y LA FUENTE

Por Jorge Arturo Flores

Es un documento que se remonta a sus años mozos, casi desconocido. Publicado antes del Cancionero Sin Nombre (1937), constituye una pieza que hoy no se recuerda ni es traída a colación a menudo. Quienes se sumergen en la historia de la obra parriana obligadamente chocan con él.

Sin embargo, no hablan ni lo mencionan.

Es el primer “autoantecedente de la antipoesía”, como dice Pedro Lastra, es el atisbo inicial de la futura visión rupturista del poeta nacido en Chillan.

Es un cuento. Un anticuento. Gato en el Camino. Publicado en 1935 en la revista fundada por Jorge Millas, Carlos Pedraza y Nicanor Parra denominada Revista Nueva.

Retornemos a Pedro Lastra: El relato mencionado es altamente revelador de la postura audaz asumida ya en un momento juvenil por Parra frente a la materia literaria, y responde a la más decidida voluntad de ruptura con la tradición inmediata. El absurdo, la inconexión y el humor son las notas resaltantes del cuento. La historia y las rápidas aventuras de ese gato extraviado, requerido a veces, rechazado en otras ocasiones -son las más-, y finalmente solo y libre por los caminos, prefiguran, en más de un sentido, la orientación futura del antipoeta

EL CUENTO

Está dividido en 3 partes. Ya hay una innovación en el género. Los cuentos, generalmente, son breves y de un solo viaje. No se nos oculta que pueden existir en porciones, pero, reiteramos, la generalidad es lo primero.

Parra transita a contrapelo.

Es un relato extenso, o sea, un cuento largo, con abundancia de los más disimiles personajes, con miradas irónicas al entorno social y cierta calidez cuando sus ojos se posan en la natura. El lenguaje es como siempre claro, sugestivo, sin adornos, al hueso.

Lenguaje de la tribu.

Trata de un gato recogido por un hombre que lo lleva a la casa y allí es rechazado por su mujer. Es el primero de prácticamente todos los rechazos posteriores. Comienza un itinerario hilarante de situaciones en el que el pobre gato es vendido, pero nadie lo compra. Sus posibles compradores los rechazan. A dos niños los araña. Ni regalado lo aceptan. El gato se arranca y comienza a vagabundear. Es un largo peregrinaje. Llega a Nicaragua y después a Paris. Ya vislumbramos el absurdo del Parra. En medio del relato hay una expresión que se repite, como al desgaire, en medio de la escena, en un rincón: “En el camino estaban abandonadas unas cucharitas de té revueltas con trompos”.

Singular.

El humor en ciernes aparece cuando una señora coge al gato y lo envía como regalo a unas tías. Pone un telegrama: Va gato. Saludos.” Y estas responden por la misma vía: “Recibimos conforme gato. Gracias. ¿Cuándo vendrás? Saludos”.

Típico gesto parriana que se repetirá en el transcurso de su obra.

Hay muchos indicios de la innovación que Parra fermentaba en su mente en torno al lenguaje poético.

Existe un personaje que se repite: El Intendente. Al principio no le interesa. Luego, cuando pasa al lado de vendedor del gato, se hace el desentendido. Pero después, al final de cuento, retorna por él, demostrando interés en comprarlo. Cuando lo ve, nuevamente lo desecha porque está cojo. Pero queda en el imaginario El Intendente.

El gato, el pobre gato, que prácticamente nunca recibe una muestra de cariño, que es envuelto en papeles para ser vendido, es el gran protagonista de este extraño, sugestivo y peculiar cuento de Nicanor Parra.

Un relato difícil de olvidar.

LEAMOS EL CUENTO
Parte primera

Este era un gato. Una vez se extravió. Venia cerca de unos cuantos bosques. Por lo alrededores abundaban los prados. En el camino estaban abandonadas unas cucharitas de té revueltas con trompos. El gato venía por este camino. Un vecino lo encontró y lo llevó a su casa. Su hijo se lo pidió, pero él no se lo quiso dar. Envolvió al gato en unos papeles y fue a entregárselo al dueño.

– Tome su gato
– Muchas gracias. En seguida voy a venderlo.
– No lo venda.
– Tengo que venderlo. Discúlpeme. Páseme mi sombrero.

Salió hecho una tromba. Se llevó el gato al mercado. Lo llevaba envuelto negligentemente en unos papeles.

– Vendo esto.

Pasó el Intendente, pero no quiso comprarlo.

– ¿Quién compra un lindo felino?
– Yo quiero comprar uno para mi hijo que está enfermo del sarampión desde hace tres semanas -respondió el tabernero-. A ver, muéstremelo.

– Aquí está el gatito.
– No puede ser. Yo no los compro así.

El dueño lo envolvió en unos papeles y se lo llevó a su casa. Por el camino compró naranjas. Allá le dijo a su mujer: la gente no quiere comprarlo. Ahí lo tienes. Te lo regalo. Su mujer estaba sacando agua del pozo.

– Déjalo en la despensa -contestó ella-.

Por la tarde vino un niñito a ver si se interesaba por el gato, pero éste le arañó la cabeza. Cuando llegó a casa su padre le dio palos porque era un hijo testarudo.

Cinco días después el gato se extravió por unos caminos. En los recodos brillaban unas cucharitas de té revueltas con trompos. De los montones de piedras embarradas asomaban cogollos de trébol.

El hombre del lado lo encontró y pensó: se lo llevaré a mi hijo. Pero su mujer lo increpó: ¿te vas a quedar con el gato? Por eso el hombre se fué donde su vecino y le dijo:

– Tome su gato.
– Muchas gracias.

La mujer del dueño estaba haciendo pan.

– Anda mañana al pueblo a vender ese gato.

Mientras procuraba envolverlo, el gato se echaba hacia atrás. Varias veces se le cayó y, por lo demás, una vez le dio un pisotón. El gato gritó en forma desmedida. Al último el dueño no lo quiso recoger. Tenía jaqueca.

– Recoge ese gato -le dijo su mujer-.

Pero el desobedeció. Además, era flojo y mal marido. El fogonero lo pilló y se lo pasó.

– Gracias.

El gato estuvo a punto de arañar al fogonero. Mas, como era tolerante, se retuvo.

– Vendo este gato. A intervalo se comía un pepino.

Pasó el Intendente. pero se hizo que iba apurado. El dueño sintió despecho. Más tarde pasó el tabernero. Miró hacia un lado y sacó el reloj para ver la hora. Después se echó las manos a los bolsillos y aligeró el paso.

Entonces el dueño dejó el gato sobre una pequeña mesa y se fue para la casa. Cada dos cuadras se encontraba un diez.

Un niñito que iba a comprar calugas lo desenvolvió con toda clase de cuidados para después hacerle cariño. Pero el gato lo arañó. El herido pensó vengarse. Al rato lo había olvidado.

Después pasó un perro lanudo lleno de trunes. Olfateó al gato y en seguida se fue. En la esquina dobló para la plaza.

A los pocos días el gato se extravió por unos bosques. Empezaban a caer los primeros granizos. Más allá del puente había un molino. Los torrentes trizaban los amaneceres.

Parte segunda

Anda que te anda, el gato llegó a Nicaragua. Como el camino estaba embarrado llevaba las patitas muy sucias. También las llevaba mojadas. A veces una chicharra se le paraba en los mostachos. Pero después se iba. Por el camino tuvo quee atravesar varias chacras. Cuando llegó a Francia iba con mucho frío porque había hecho la caminata en pleno invierno. De vez en cuando se detenía a lamerse el pelaje. Perdida en los bosques encontró una posada alumbrada por media docena de faroles. En el jardín algunos chiquillos hacían unas pocas barbaridades. La señora lo vió por la venta y en un principio no le hizo caso. Después salió cautelosamente y lo sorprendió pisando sobre unos guijarros. Miró para todo lados para cerciorarse de que nadie la miraba y se guardó el gato.

Se lo mandaré a mis tías, pensó para sus adentros. Algunas horas más tarde les escribió un telegrama diciéndoles: va gato. Saludos.

Lo mandó a la estación de postas con uno de sus hijos. Este regañó pero no podía oponerse.

Al otro día echaron al gato en la diligencia. El cochero quedó un poco intrigado cuando vió el pequeño bulto. Después no se preocupó de eso. El gato quedó al lado derecho de unas gallinas. Se sentía humillado. Las gallinas no se fijaron en él.

Las tías lo encontraron flamante y contestaron: recibimos conforme gato. Gracias. ¿Cuándo vendrás? Saludos.

El gato le tomó rencor a una tía. La hallaba muy relamida y lo pisaba a menudo.. Además no le daba nunca pescado.

Pero el dueño echó de menos a su gato porque el Intendente quería comprárselo. Una vez llegó muy agitado a Francia. Ahí recuperó su gato. Se volvió satisfecho. El Intendente los esperaba en la puerta con el sombrero en la mano.

– ¿Cuánto pide por el gato?
– Ahí lo tiene.
– He venido a comprárselo. No me trate así.

Desenvolvieron el gato pero lo hallaron cojo. Por eso el Intendente se arrepintió de comprarlo. Subió a su caballo y se alejó al trote.

En esos mismos días la mujer del dueño dio a luz dos mellizos. La comadrona admiró mucho al gato. El dueño cerraba bien la puerta para que no le entrara frío a la parturienta. Afuera caía granizo sobre los pollos nuevos. El pasto no se alcanzaba a secar durante el día. Como hacía frío, el gato sintió deseos de acostarse en la manta del dueño. Pero la halló con demasiado olor a sudor. Se habría acostado en la batea que había en el corredor, pero a última hora prefirió salir a dar una caminata por los tejados. Mas, las mariposas nocturnas se le paraban en los mostachos. Aunque después se iban, él se sentía molesto. Por eso volvió a casa y se acostó en la orilla del rescoldo. A su espalda quedaban unos cacharros y uno que otro rollo de alambre de púas.

Parte tercera y última

El gato iba por un camino. Se hizo enemigo de unas chicharras. Cuando se quedaba dormido venían a parársele en los mostachos. Sabían que eso le desagradaba.

Al otro lado de la colina vivía un muchacho que se llamaba Rimbo-Mimbo. Andaba con las carteras repletas de porquería. Siempre iba con la cara sucia con tierra y otras mugres. Sus hermanos lo maltrataban. Por las tarde de sol llevaba membrillos a la escuela.

Rimbo-Mimbo andaba con pantalones cortos aún. Era la mar de aficionado a andar con ropa nueva. Rimbo-Mimbo era porfiado pero muy alegre. Cuando iba de visita se extraviaba por seguir a las liebres y lagartijas, ese día fue a unos caminos que no había visto antes. Allí tropezó con el gato. Lo cogió por las piernas y se lo llevó a un gran amigo que tenía en la montaña. a la vuelta se compró membrillos y por la tarde estuvo jugando al volantín. Al otro día por la mañana se le cortó el botón del chaleco.

Tres meses después llegó el dueño del gato. Venía agitado.Abrió la puerta y preguntó:

– ¿Trajo aquí Rimbo-Mimbo algún gato?
– Sí -respondió el montañés desde el lagar-. Debajo del parrón está amarrado. Lléveselo.

El dueño almorzó con el montañés. Después envolvió cuidadosamente el gato y partió.

– Aquí lo tienes -le dijo a su mujer-. Te lo regalo.

Los mellizos se lo pasaban haciendo toda clase de jugarretas con el gato. Les gustaba mucho peinarlo. A medida que crecían se iban poniendo serios. Daba gusto verlos. Por la noche el gato dormía en una batea cerca del rescoldo. De vez en cuando lo pisaban. A su espalda quedaban unos cacharros. Los rollos de alambre de púa los había llevado al corredor.

Un día de granizo el gato se perdió. Pasó por Nicaragua. La señora se había cambiado. En Francia las tías se habían muerto. Rimbo-Mimbo ya se había alargado el pantalón cuando tropezó con el gato en pleno camino. Pensó para sí: parece que lo conociera. Pero el gato se estaba poniendo viejo. Me gustaría dejarlo para mi hijo murmuró Rimbo-Mimbo. Mas, su mujer lo increpó.

– ¿No vas a devolverlo, mal marido?

Por eso Rimbo-Mimbo se fue derechito a la casa del dueño.

– Gracias -respondió éste-.

Por ese tiempo los mellizos estaban bien crecido. A la semana el gato desapareció. Iba por un camino. En los recodos brillaban trompos revueltos con cucharitas de té. De los montones de piedras embarradas asomaban cogollos de trébol. Los mosquitos eran amigos del gato.

Nicanor Parra.
Publicado originalmente en 1935, en la revista Nueva del Internado Barros Arana, donde era Inspector.
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APENDICE
“Cuando apareció en la revista, todo el mundo lo comentaba en el Internado; algunos estaban sorprendidos y hasta escandalizados. Yo era un inspector, es decir, se suponía que era un tipo que tenía un mínimo de estructura mental. Y resultaba que no era así, porque después de la lectura de este cuento pensaban que el autor era un tipo, como te dijera yo, desquiciado, mucho peor que un alma en pena: un pobre pelotas, no más. Mal que mal, un inspector tenía que ver ¡con el orden del establecimiento! Este cuento servía para provocar la risa y la burla de los lectores, no expensas de los personajes, como yo lo intentaba, sino del autor. Así de un día a otro pasé a ser un centro de gravedad, de cierta forma. A veces los alumnos del instituto me veían y decían “Mira, ahí va Parra, el del “Gato en el camino”.
¿Había muchas opiniones sobre el contenido del cuento?
Ahí pasó que toda la atención se centró en ese cuento. Y el ensayo sesudo de Jorge Millas que apareció en ese número de la revista, nadie lo leyó, porque ese tipo de literatura estaba en todas partes. En cambio, esto era un anticuento, un protocuento, un minicuento, pero no tenía nada de cuento tradicional. Lo fundamental era que creían que yo no sólo no sabía redactar, sino que tampoco sabía percibir. La percepción de la realidad era insuficiente: el autor era un personaje anormal.
Solamente el título ya es llamativo…
Fíjate tú en la estructura del título: “Gato en el camino”. Ni siquiera “Un gato en el camino” ¿Qué es eso? Los gatos nunca se han conocido en relación con un camino, sino puertas adentro. Pero precisamente en esa distorsión, en ese enrarecimiento lingüístico y síquico, yo había elegido operar.

Extracto del libro “Conversaciones con la Poesía Chilena, Autor: Juan Andrés Piña.

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