LUIS DURAND, La Picada

l.durand

Por Jorge Arturo Flores
Este debe ser uno de los cuentos más emotivos y desgarradores del escritor chileno Luis Durand. Tiene otros. Claro que sí. Pero éste, al menos para quien escribe, le ha llamado la atención desde su primera lectura.
La adversidad de Pedro Andaur, un campesino absolutamente alcohólico, acompañado de su fiel quiltro, Calluza, es el hilo narrativo que Durand va desenrollando al través del relato. Andaur gasta todo el dinero que gana en beber vino en los chincheles del pueblo, acompañado siempre por el leal Callucita. Pero hubo un día en que el esquema cambió totalmente para el protagonista. En aquel tiempo hubo en el campo una epidemia del carbunclo, vulgo, picada o picá, (también denominado fiebre aftosa) que eliminó un gran número de vacunos. Andaur, al ver un día los jotes revoleteando alrededor de los animales, cogió su cuchillo y partió a cortar un pedazo de cuero para hacerse ojotas o chalas. Pero, como andaba sin peculio, pensó hacer negocio con todo el cuero del animal muerto, el toro Solimán, y venderlo en el pueblo. Todo sin decir que pertenecía a un animal fallecido por la epidemia. Con ello recogería dinero y se atragantaría con mucho vino.
Lo hizo.
Le pagaron y partió a la cocinería de doña Antuca. Allí pidió vino a destajo, comió algo, le pidió charqui al perro, escuchó algunas canciones desafinadas de la hija de la dueña y finalmente se sintió mal.
Se había contagiado con la “picá”.
Las tres cuartas partes del libro muestran el infernal retorno a su casa, predispuesto a morir en ella. Es un viaje terrible, en que la enfermedad poco a poco va capturándolo y sometiéndolo a fiebre y malestar intenso. Logra llegar a un estero, bebe toda el agua que puede en medio de la fiebre abrasadora. En ese momento ve los beneficios del líquido y lamenta haber bebido tanto del otro. Al final, vomita y siente una sensación deliciosa de bienestar.
El último pedido es al perro: “Lámbeme Callucita, lámbeme”.
Un relato que conmueve. Durand era un excelente narrador, logra la tensión dramática suficiente para que el lector no deje la lectura y corra presuroso al final. La descripción del ambiente es sólida y el dibujo de la natura es escueto, no abundando en disquisiciones colaterales. Los diálogos son precisos. Sólo surge la voz del borracho pensando en voz alta o hablándole a su perro.
Un relato conmovedor, recio, telúrico.

(Es propiedad del autor. Todos los derechos reservados).

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