Cuando las descripciones estorban

JORGE ARTURO FLORES

Si hay piedras que obstaculizan la fluidez de una buena lectura, son las descripciones en general. Quitan la velocidad del relato, perturban el aliento del lector, molestan su interés, obligan a leerlo rápidamente para proseguir con el meollo de la anécdota, que lo tiene encandilado. Es como alguien que “se va por las ramas”, abandonando el tronco.

-¿Cómo dice eso, cuando en todo relato literario o en cualquier poema siempre DEBE haber una descripción, ya sea de personajes, lugar, intimidad, fachada, acción,  prácticamente todo, para recrear la atmosfera?.

– Recuerden lecturas, hagan memoria de una novela, de un cuento o de una poesía- habría que decirles.

La literatura antigua se solazaba con las descripciones del espíritu, con los pensamientos, con las moralejas. En Chile, por ejemplo, surgió una corriente llamada El Criollismo, con Mariano Latorre a la cabeza, donde el retrato de la natura sumergía al protagonista y mandaba a los brazos de Morfeo al lector, tal era la importancia que se le otorgaba.

Son los excesos sin duda. Porque una buena descripción dentro de un texto es necesaria, aunque no indispensable. Lo que la diferencia de un detestable cuadro es el incremento, la extensión infinita, la copia, sin aire, sin vida, sin movimiento.

La Vorágine de José Eutasio Rivera es otro paradigma a estudiar.

Hay escritores que la suprimen y mantienen la acción de un  relato al través del diálogo interesante, filoso, intelectual, humorístico, dinámico, sin pausa. Difícil, pero no imposible.

Se roza la genialidad.

Hay explicaciones (porque toda descripción lo es)  que, aunque caen en los temas manidos y, a veces, son extensas, resaltan y se salvan por su ingenio. Marcel Proust, verbigracia, tiene párrafos brillantes. Claro que hay que encontrarlos después de una lectura atenta, siempre propensa a caer en el letargo.

¿Cómo debiera ser, entonces, el legado de una buena descripción?. En síntesis, debiera permitir y no ahogar la fluidez de un relato. Embellecer el texto, sin ánimo de protagonista. Dejar al lector libre de complicaciones, haciéndose breve y sintético (dos virtudes cada vez más difíciles de encontrar, como la claridad y la sencillez). Provocar interés en el lector, haciéndolo imaginar el cuadro. Provocarle un gran goce estético. Constituir un aditamento al relato y no una pesada carga. Etc.

Personalmente, las preferimos breves y sintéticas, que no impidan el paso rápido y sirvan para aumentar el interés.

Las otras, las brincamos.

Publicado en EncuentrosLiterarios.ning.com

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