Manuel Rojas: el vaso de leche y otros cuentos

Por Jorge Arturo Flores

 Prohibida la reproducción del texto salvo que se nombre al autor y la fuente.

Todos conocen la impecable trayectoria literaria del escritor chileno Manuel Rojas. Autor del celebrado libro Hijo de Ladrón, su trabajo es amplio y convincente, tanto, que mucho lo consideran el mejor novelista de Chile.

Título que no discutiremos.

No obstante ello, creemos que su faena en el relato breve también resuena a considerable  altura. Hay, a su haber, textos que son  admirables.

Sin ir muy lejos, recordamos el relato Una Carabina y Una Cotorra, sencillamente genial, como asimismo, Laguna. Por otra parte, y espigando entre sus trabajos, El Vaso de Leche es un trabajo  que conmueve.

Fue autor de  sugerente estilo, una forma de narrar que cautivó a sus lectores, contribuyendo a su notoriedad, además de remecer el ambiente literario con faenas que recordaban a Joyce o Faulkner, toda una primicia en aquellos tiempos, porque constituyeron los epígonos de una nueva manera de novelar, donde el fluir de la conciencia en la estructura narrativa era  importante eslabón.

Añadamos también a Marcel Proust y En Busca del Tiempo Perdido.

El Vaso de Leche trata del marinero desertor de un buque mercante que es abandonado en puerto chileno. Tras deambular incansablemente,  buscando trabajo, el hambre lo corroe de tal manera que decide entrar a cualquier restaurant o boliche, comer todo lo que pueda y dejar al destino la consecuencia de su acto. Penetra en una lechería atendida por una mujer de albo delantal y con rasgos alemanes. Pide un vaso de leche y vainillas. Cuando está comiendo, le viene un incontrolable acceso de llanto. Ella se acerca y le acaricia la cabeza, colocando otro vaso de leche con más vainillas. Luego, regresa a su lugar en el mostrador, mirando al infinito. El muchacho termina rápidamente de engullir.

Al final se levantó y dijo simplemente:

–          Muchas gracias señora, adiós

–          Adiós hijo – le contestó ella”.

Allí, en esa despedida, que él pensó durísima, se abre  un trasfondo humano, una enternecedora solidaridad hacia el desconocido que padece miserias, que no dice nada, que come rápido… y  se marcha silente. A nuestro juicio, allí debió haber finalizado el relato el autor. Pero prefirió alargarlo innecesariamente.

Es un relato conmovedor, breve, donde el estilo de Manuel Rojas y su capacidad para recrear ambientes, si bien duros, hasta sombríos, lo saca adelante con una donosura, con una maestría que asombra y cautiva. Sabe penetrar en la sicología de sus personajes, los dibuja perfectamente con  breves rasgos, hay humanidad en el bosquejo humano, la atmosfera está bien recreada, con trazos sólidos y simples, mueve la tensión sin apuro y va interesando  de una manera categórica.

El leyente no quiere que el cuento termine o corre para saber el desenlace.

¿Qué más pedir a un buen autor?.

Existe una narración que sobresale por su intensidad vibrante, por el pizzicato que el autor coloca en su estilo, por la dramaticidad del hecho. Es “Una carabina y una cotorra”, su desfile, su ataque y su muerte. Simplemente notable. En eso coincidimos con Alone. Él, en todo caso, retrata mejor la impresión:

Necesitaría, desgraciadamente, demasiado espacio para citar el trozo vivo y transmitir la sensación palpitante del espectáculo, donde intervienen la ternura, la ironía, el pasmo, una sonrisa de la más fina calidad y ese goce inexplicable, ese deleite, un tanto absurdo, que causa ver brotar de la materia inanimada, papel y tinta, un ser viviente, una creatura que existe delante de nosotros. Ignoro si encierra un símbolo y si la cotorra endereza una sátira contra algo. Prefiero creerla como la veo, cotorra verdadera y electrizada que obedece, marcha, gira, hace evoluciones sobre la mesa, como un guerrero en el campo de batalla, y, por fin, cuando su dueño y señor lo manda, muere. Pocas veces he leído en mi vida un trozo como ése, tan delicadamente equilibrado entre la ironía y la ternura, con esa plenitud interior sin exceso, con esa onda espontánea, surgente, que se alza a nuestra vista, se desarrolla y muere, poética, dramática, espectacularmente”.(Crónica Literaria, mayo 1965, El Mercurio).

¡Quien pudiera escribir así!.

PD: ver también en esta página “Manuel Rojas, cuentística de un novelista”.

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