EL USO MAGISTRAL DEL ESTILO LITERARIO

“In illo tempore”, los escritores que usaban espléndidamente el estilo en su narrativa eran apodados “estilistas” y hubo, si mal no recordamos, una disciplina académica denominada Estilística. ¿Por qué notamos este tema?. Porque hoy, amable lector, la palabra “estilista” no tiene ningún punto de acercamiento con el escritor que utiliza formidablemente un estilo, sino es expresión que trae de inmediato la imagen…de un peluquero. Incluso indague en Google, San Google, y comprobará que no estamos tan descaminados.
Entonces, cuidaremos de utilizar la expresión “estilista” cuando nos refiramos al dueño de un estilo literario.
Los “estilistas” rara vez escriben porque su norte es cortar el pelo.
A nuestro juicio y derivado de las innúmeras lecturas que nos han acompañado desde muy joven, los escritores chilenos que han poseído un estilo magistral en su obra literaria son escasos, como es lógico, ya que es un don que no se dispensa fácilmente. Son pocos los escogidos y ¿muchos los llamados?. No, eso era antes. Hoy el mundo literario, con excepciones mínimas, se despreocupa del estilo, le importa un pepino y redacta como le salga, con algún corregimiento, pero sin apasionarse por escribir siquiera decorosamente. Importa el contenido, no la forma, interesa destacar el fondo, no el envase, hay obsesión porque se lea pronto, sin importar como está descrito.
El estilo depurado es una antigüedad.
No obstante ello, producto de nuestra inveterada manía de leer desde tiempo inmemorial, nos hemos propuesto hacer una brevísima lista de los autores chilenos que, en sus trabajos, usaron el estilo como arma fundamental de su mensaje.
Aquí predominan, claro que sí, las preferencias. Es ineludible y no los desconocemos. Por algo hemos escogido escritores que hicieron del estilo una herramienta primordial para interesarnos en su trabajo.
El primero, qué duda cabe, es Alone, Hernan Díaz Arrieta, el Gran Crítico Literario de Chile, nuestro escritor favorito. Nadie lo ha sobrepasado en el manejo magistral del estilo. Siempre leímos “¿quién pudiera escribir como él?”. Escritores de nombradía, incluso los que no lo tragaban, hicieron especial hincapié en esta virtud cardinal del cronista literario.
Es el mejor.
Luego surgen un grupo pequeño que también burila el estilo. Como Alone, la medida común son las inclinaciones a la síntesis, brevedad, orden, claridad y simpleza. ¿Quiere saber cuáles son?. González Vera, Filebo (Luis Sánchez Latorre) y Edmundo Concha.
José Santos González Vera y Filebo logran el portento de escribir con una economía verbal admirable. Unése a ello una cualidad que no es común en los meditabundos creadores: el humor. Al igual que Alone, lo manipulan sabiamente, condimentan con sabiduría el texto, dejando caer gotas de ironía. Un humor finísimo, casi impalpable, recubierto de algún sarcasmo, sin perder el paso ni el tono.
Edmundo Concha es más bien serio y comedido, aunque, entrelíneas, hace recordar a los tres anteriormente citados.
Pero existen otros y aquí nos dirigimos a la narrativa.
En un orden celestial, desciende María Luisa Bombal. En forma más firme y aterrizada emerge Manuel Rojas, dueño de un estilo único, que cautiva y obliga a saborearlo lentamente, para disfrutar el instante. Ambos, curiosamente, coincidieron en la técnica del monólogo interior o fluir de la conciencia.
Su aptitud para recrear un modo de escribir singular, no tuvo detentores.
En general, los estilos pueden copiarse: es lo que hacen los principiantes o los adictos de algún ídolo, pero evidentemente jamás serán iguales al original. Por ello son copias. Les falta la chispa misteriosa de la creación literaria. Sirven, en todo caso, como instrumento para obtener el propio.
Hay más. La nómina no se agota tan fácilmente.
Están los que podemos denominar como escritores que “escriben bien”, que usan un estilo que no es dechado de virtudes, sino es necesario para redactar prosa. Hay, entonces, los escritores que utilizando un estilo claro, sencillo, aprehensible para cualquiera, logrando el portento de interesar al leyente. Ayudó para esta consecución un lenguaje casi cotidiano que no es impedimento para leer. Aquí sobresalen novelistas y cuentistas. Marta Brunet, Luis Durad, Guillermo Labarca, Enrique Bunster, Jorge Inostrosa, Baldomero Lillo, Federico Gana, Edgardo Garrido Merino, Francisco Coloane, Hernan del Solar, Salvador Reyes, Marcela Paz, Eduardo Barrios, Augusto DHalmar, Benjamín Subercaseaux, José Donoso, Lautaro Yankas, Daniel Belmar, Reinaldo Lomboy, Isabel Allende, Hernan Rivera Letelier, son varios. Se distinguen por el interés de sus obras, por sus contenidos, no tanto por la forma, aunque ésta importe. Depuran el estilo, en el sentido de revisarlo, pero no dando la importancia que indicábamos en los escritores anteriores, sino les sirve como una herramienta para alcanzar metas, no siendo una condición sine qua non que les desvele. Su obsesión es aprisionar el interés de sus lectores, lo cual no es malo, dejando a un lado el medio. Importa el fin. Hay otros que escriben sin preocuparse mucho de la ortografía ni la gramática ni se inquietan por la retórica. Al hueso. Uno de ellos es Joaquín Edwards Bello, célebre por sus artículos y también por sus novelas. Otros redactan a través de una obsesión como Mariano Latorre y Carlos Droguett. Más allá encontramos a los que, en sus textos, colocan el factor político como meta primordial.
Pero éstos últimos pertenecen a otro grupo: los que escriben derechamente mal.
¿Hay escritores que “escriben mal”?. Sugestiva pregunta dado que el concepto de belleza hoy es relativo, sin apego a cánones y con absoluta libertad para crear. Pensamos que la categorización tiene mucho que ver con el gusto de cada lector. Es la única medida. Lo sienten o no, les llega o les patea, en otras palabras, me gustas o no me gustas.
Es lo definitivo.
El lector de esta crónica, si es relativamente joven, echará de menos, sin duda, los nombres de escritores más contemporáneos, incluso de la nueva hornada. Buen punto. Recordamos que estamos hablando sobre el uso de un estilo burilado con preocupación de orfebre. Eso no lo vemos en las nuevas generaciones. También es nuestro deber indicarle que las predilecciones, porque de eso se trata esta crónica, van por los escritores que escribieron principalmente durante el Siglo Veinte, en especial, hasta la mitad del lustro, y que hoy ocupan el lugar de los clásicos. La mirada es privativa, además, de nuestra cronología. Fuimos partícipes de esa brillante época, sólo opacada por el apagón cultural del 73 y, después, con el advenimiento de la democracia, sentimos que ya nada era lo mismo, se había apagado la chispa brillante, con muy pocas excepciones y no hallando en las nuevas generaciones las virtudes que sí encontramos a raudales en las que acompañaron nuestra existencia. Además está por medio la tecnología, que es la medida que impera y, por supuesto, la época que vivimos, sideralmente distinta a la nuestra.
También, hay que decirlo, nos falta distancia para enjuiciarlos.
Ahora, si extendemos el mantel y, despreocupándonos del estilo, aunque es insoslayable, hacemos un paralelo de calidad, pensamos que a la fecha no han surgido, por ejemplo, críticos literarios de la talla de Alone, Raúl Silva Castro, Ricardo Latcham y Hernan del Solar. Tal vez Ignacio Valente. Tampoco novelistas de la altura de Manuel Rojas, Eduardo Barrios o José Donoso. Menos cuentistas como Federico Gana, Baldomero Lillo, Francisco Coloane, Luis Durand o Marta Brunet. Para qué decir de los poetas: Neruda, Mistral, Huidobro y Parra, con la salvedad que este último (2017) aún pervive con 103 años a cuestas.
La poesía, en ese sentido, es la más damnificada y no ha conseguido tocar las campanas con talento, salvo, como en todo orden de cosas, escasísimas excepciones (Gonzalo Rojas, Pablo de Rokha).
Pero a la altura de esos Cuatro Grandes, ninguno.
No se nos oculta que son otros tiempos, con innovaciones trascendentales que involucran también la evolución literaria. Son otros los campos, los temas, los puntos de interés. Acorde, reiteramos, con la época. Eso es incuestionable.
Nosotros nos quedamos en el pasado nena, aunque leemos lo nuevo. En este caso, la expresión “todo pasado fue mejor” cobra absoluta validez.
Este rápido vistazo nos permite columbrar que los autores que nos proporcionan un enorme placer estético son los que, además de cautivarnos por el interés de sus libros, cincelan el estilo, sin ofender el fondo, y nos ofrecen un regalo para la vista y para el espíritu que no decae con los tiempos y es indeleble. En tal sentido, la literatura chilena todavía posee guardianes de la pulcritud, aunque la época no le sea generosa, fácil ni encuentren adictos a estas performances.
Pero están, hicieron historia, permanecen.
Nos congratulamos de ello.

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