REINALDO LOMBOY: PUERTO DEL HAMBRE

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Por Jorge Arturo Flores (prohibida su reproducción)

Buceando en nuestras lecturas juveniles nos topamos con dos libros que nos conmocionaron por su tema. Uno, “Hambre” de Knut Hamsun, y dos, “Puerto del Hambre” del chileno Reinaldo Lomboy. Se repite el concepto “hambre”. Pues bien, sus lecturas nos sobrecogieron y nunca se borraron. Aun las recordamos, pero no volvimos a releerlas.
Tal vez por su temacidad.
El conocimiento de las peripecias del ser humano en pos de la satisfacción de sus necesidades básicas de vida, como es el comer, eran llevadas a extremos increíbles.
Eso marca.
Bien. Después de muchos, pero muchísimos años, hemos vuelto a coger el libro del chileno y lo hemos leído con cierta aprensión. Recordemos que no es lo mismo leer en la juventud, con toda la concentración y sentimiento que ello importa, que realizarlo ahora cuando hemos caminado tantas jornadas y la óptica es distinta.
Nuestras aprensiones eran ciertas.
Terminada la lectura, podemos colegir algunas observaciones.
Reinaldo Lomboy, cuyo mayor éxito editorial es la novela “Ranquil”, demoró cerca de quince años en informarse sobre los sucesos que acaecieron en las frías tierras magallánicas. Viajó a Londres para recabar mayor información y también recorrió las tierras que alguna vez hollaron los pies de aquellos desheredados de Dios. (Nos recordó la misma experiencia de Jorge Inostrosa al atravesar la cordillera de Los Andes siguiendo la huella del Ejercito Libertador).
Se empapó de la epopeya.
Pero al llevarlo al papel, la cuestión cambió. No tiene el ejemplar las luces, la contundencia o el brillo de Ranquil. Claro que no. Acá su lectura nos evoca los volúmenes de Mariano Latorre y de José Eustasio Rivera por la preeminencia de la naturaleza sobre el hombre. “Puerto del Hambre” tiene un 90% de descripción sobre la natura, 1% está dedicado a los diálogos y el 9% restante está referido al desenvolvimiento, si pudiera llamarse así, de los colonos.
Las descripciones ahogan al hombre.
Entendemos que el autor quiso coetáneamente mostrar la vida y la naturaleza, en un paralelo que trasuntaría la tragedia sorprendente de esos hombres. La idea no es mala, pero se le fue la pluma en la extensión, se embelesó con los parajes fríos, duros, desérticos de aquellas tierras de muerte, con vientos huracanados y nieve que hunde sin contemplación.
Al principio interesa. Después aburre.
Tampoco fue afortunada la acción de los raccontos que están escritos en cursiva, para apartarla del texto, los cuales explican las razones que cada uno de los principales protagonistas tuvo para embarcarse en aquella descabellada y absurda expedición. Cansa también su ensanchamiento como fastidia las cartas de Sarmiento explicando los hechos o los motivos de su loca aventura.
Si hubiera extraído los raccontos, las cartas y el enmarañado ropaje de la naturaleza, la narración abríase deslizado fluida y sosegadamente, con mayor emoción e interés.
Pero no lo hizo.
Ello explica en parte el escaso éxito que tuvo el libro en comparación con Ranquil, que lo aventaja sin contrapeso.
Eso en cuanto al texto que, en sustancia, desilusiona.
No así la epopeya de aquellos colonos que llegaron engañados a esas tierras con promesas de un mundo mejor, mundo que nunca le fue benéfico y que terminó por sepultar sus vidas y esperanzas. Eso no deja impávido a nadie y cuesta concebir tales penurias en territorios hoscos, lejos, pero muy lejos de cualquier imagen grata. El cúmulo de adversidades que caen una y otra vez sobre las espaldas de hombres, mujeres, niños y enfermos es tal que cuesta imaginar que aquello fue realmente verídico. Incluso la mala suerte ocupa lugar privilegiado al constatar las veces que Sarmiento regresó a las colonias con bastimentos para la sobrevivencia y cómo la natura nuevamente se encargó de hacerlo desistir, enviándole tormenta tras tormenta, impidiéndole ingresar al estrecho de marras. No escapa, por supuesto, a la comprensión general la codicia, las ansias de poder, la torsión a la rueda de la fortuna que persiguió Sarmiento en su increíble aventura. Especialmente la manía por ser gobernante. Esa testarudez es algo que las historias nos han narrado muchas veces.
Generalmente con finales poco felices.
Hay dos versiones con el desenlace. Los testimonios dicen que los barcos ingleses que surcaron las aguas del estrecho descubrieron al único habitante de los dos fuertes ya deshechos: Tomé Hernández, quien, cuando arribó a la civilización, contó en detalle los sufrimientos. Reinaldo Lomboy, por su parte, indica que Tomé Hernández efectivamente fue izado a la nave, aunque dejó en tierra a dos compañeros que lo acompañaban y no dijo nada sobre los restantes colonos que aun sobrevivían en uno de los fuertes.
Sólo él salvó.
“Años más tarde, en 1590, otro barco inglés, “The Delight”, visitó Puerto Hambre encontrando un único superviviente, del que se desconoce el nombre, pero que dijo a los ingleses que vivía sólo en una cabaña desde hacía bastante tiempo y se alimentaba de lo que cazaba. Después de haber resistido seis años en el estrecho, sus días acabarían en el fondo del mar. El Delight naufragaría durante su trayecto de vuelta cerca de Cherbourg y entre los seis supervivientes no habría ningún español”. (Wikipedia)
Hay varias cuerdas para un mismo trompo.
Alone contaba, en sus siempre rutilantes crónicas literarias, que si abría el libro en cualquier página, siempre observábase una escena dura, fría, oscura, sin ninguna esperanza, mostrando con descarno las desaventuras de esos españoles que sufrieron lo inimaginable en tierras inhóspitas. El gran crítico tuvo razón. Toda la obra está empapada de ese mundo sombrío, azotado por vientos, con la presencia hostil de la nieve y la escasez absoluta de provisiones. Además, tierra poco feraz, impedía la siembra y cultivo de productos porque rápidamente, al despuntar, el clima, en especial la nieve, los quemaba.
Duro espectáculo sin duda. Duro y trágico. Asombrosas peripecias de aquellos seres marcados por el infortunio y que no tuvieron el final deseado, quedando tendidos para siempre en esos parajes de muerte y desolación.
Novela que sobrecoge, pese a la abundancia de cartas, natura y raccontos.

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