A RODAR TIERRAS

 

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¿Qué tiene este cuento largo cuya lectura atrae, captura, interesa y se hace breve?. Donde está el resorte que mueve todo el relato?. Porque es una fábula blanca, muy bien escrita, con una prosa realmente alada, propia del vilano que corre aventuras.

Hay, sin duda, algo mágico en su cuerpo.

Véase esta triunfal entrada, una obertura poética admirable, que inmediatamente cautiva:
Más que las gaviotas de la mar salobre, más que las nubes y más que el viento, ha vagabundeado bajo el alto cielo la plumilla del cardo volador“.

Ya tenemos la nota, el acento, la música para comenzar la obra.

El cuento trae reminiscencias de Andersen y los hermanos Grimm. Trata de un vilano que crece en un cardo de azul cabeza. Ha llegado el tiempo de empezar su vagabundaje por la vida. Entonces surge el padre viento que avisa al cardo que debe dejarlo partir junto a sus hermanos. Este, contrito, acepta y los suelta. ¡Cuántas veces hemos visto volar, en días de verano, estas blancas danzarinas que vagabundean por todas partes! El viento los eleva por los aires, pero en medio de la turbulencia, no se ponen de acuerdo en la dirección y se apartan. Comienza el peregrinaje del vilano con su semilla, que es el corazón, en busca del lugar donde deberá depositarla.

Devienen las aventuras.

Un gato, Micifuz, juega con el vilano haciéndolo planear y cuando se aleja un poco lo atrapa y vuelve a repetir el juego. Al final se aburre y se duerme. Él estaba para cazar ratones. Una hormiga romántica lo llama al cielo para que baje y la lleve a volar. Todos sueñan con volar. Poco dura el viaje. La hormiga se marea y regresa a tierra. El terror a lo desconocido aparece cuando, sobrevolando, cae en invisibles telarañas y se enfrenta a la “dueña de casa” quien, por largas horas, filosofa sobre la vida. Al final la deja irse porque no es manjar apetecible. Prefiere las moscas. Con tanto vuelo se introduce en un teatro. Están dando una gran obra. Gente, actores, luces, bosques de cartón. Roza a una actriz y queda pegado en un árbol artificial. Al final, el director, que tienen aire poético, lo libera. Vuela. Pasa el tiempo. Siempre transcurre el tiempo. Cae de improviso a un estanque donde nadan majestuosamente bellos cisnes de cuello negro. Ahí se da cuenta que perdió su semilla y por tanto el fin de su misión. Un viento tremolante sacude con fuerza el ambiente y lanza al infinito hojas, frutos, nidos, olores, insectos, crisálidas,…y al vilano. Sobrecogedora escena. Todo ese maremágnum vuela hacia el calor de un bosque abrasado por un rayo.

Imaginaos el desenlace. Recordad, por cierto, a “Ícaro” o “Alsino” de Pedro Prado, aunque acá no vuela tan alto.

El lector disfruta la lectura.

El estudioso, el que no puede dejar de analizar, dirá que la existencia del vilano es la trayectoria del hombre: nace, crece, trabaja, vive, cumple misiones, muere.

Las dos situaciones son válidas.

Nos queda en la memoria, en medio de la agonía, el final y con él las exclamaciones de las crisálidas y cucarachos, envueltas en el fuego, que no cesan de gritar “—¡Volemos hacia ella, porque todavía somos crisálidas! —decían las mariposas. —¡Todo brilla mientras arde, todo sirve para el fuego! —decían los cucarachos. Y los vientos canturreaban: —¡Volemos hacia la hoguera! . ¿Cuándo entró nuestra plumilla en la rueda? … El grito de muerte de las mariposas era un grito de resurrección… No sintió sino que todo crepitaba, como si la tierra de un golpe quisiera purificarse… —¡Todavía somos crisálidas! —cantaron las mariposas…”

Sin duda, “A Rodar Tierras” del escritor chileno Augusto D´Dalmar, es una pequeña obra maestra.

2017

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