CARLOS DROGUETT, francotirador sin piedad

Prohibida su reproducción, salvo que se mencione al autor y la fuente.foto_0120090228184023

Por Jorge Arturo Flores

No era precisamente un modelo de simpatía Carlos Droguett. Más bien debiera decirse lo contrario. Si se hubiese realizado un ranking de aversión personal, nunca habría abandonado el primer lugar. Hombre de amplia cultura y de una posición ideológica sin fisuras, embalsamado en la idea fundamental, disparó a diestra y siniestra durante su vida literaria contra sus colegas, haciendo notar en muchos casos su incultura, la incapacidad que tenían para recrear la realidad o la falta absoluta de compromiso social, además de otras lindezas.

Les negaba, salvo alguna excepciones, la sal y el agua.

Francotirador sin piedad, su ballesta apuntó a varios autores, incluso de su misma cepa política, hiriéndolos brutalmente, sin cargos de conciencia y con una actitud que abstraía la sencillez y la humildad, para dar paso a una prepotencia lingüística realmente deplorable.

Amigo de Pablo de Rokha, otro que también se las traía, Droguett no hizo amigos ciertamente en las letras chilenas y se cuentan con los dedos los que disfrutaron de su presencia.

Entre estos últimos están  sus hijos.

Dijeron que era un hombre generoso y cordial. Sus detractores sonreían irónicamente pensando que conversaban de otra persona.

Es que esas virtudes no se concebían en la vida de Droguett.

Filebo, con su acostumbrada ironía, dijo de él: “Droguett deseaba amigos obsecuentes, de entrega total; no toleraba la crítica. Le encantaba por supuesto, criticar a sus enemigos y adversarios, que iban formando legión. El mismo se encarga de fabricarlos. Detrás de todo oponente se escondía un ex amigo”.

Algo así como un Pablo Neruda al cuadrado. O, si se prefiere, un Pablo de Rokha al cubo.

Su pasión desmedida por la política contingente, admirador sin reticencias de Fidel Castro y el Che Guevara, hizo que algunos politólogos, estériles y soberbios, elevaran entusiastas loas a su posición crítica.

Es lo que más saboreaban de su figura, porque de literatura poco comprendieron o jamás  acertarían

Cuando le dieron el Premio Nacional de Literatura, una periodista lo entrevistó en la televisión. Rara vez se había visto una conversación tan áspera, con un entrevistado que hacía todo lo posible por responder agriamente, con abandono absoluto de la más exigua educación. Amargo, hiriente, pesadísimo. Puso en verdaderos aprietos a la periodista para llevar a cabo su tarea.

Es que Droguett era pesado de frentón.

Y poco le importó serlo. Pasó por las letras chilenas con absoluta prescindencia de la cordialidad. Le importó un rábano la opinión que poseían de él y se enfrascó en polémicas agrias, duras, desagradables, en que la pasión política, ante todo, predominaba. Hizo tabla rasa con la cultura de los escritores chilenos y costó mucho que hallara  creaciones de cierto valor, con exclusión, evidentemente, de Pablo de Rokha, Manuel Rojas y Alberto Romero, sus amigos.

Increíblemente en una entrevista de Árbol de Letras destacó la actividad de Ignacio Valente en la crítica literaria, con innegable sorna hacia Alone y los restantes comentaristas de libros. Valente, como sabemos, está en las antípodas del pensamiento ideológico de Droguett.

Es curioso, porque a la hora de las definiciones, aquello importaba.

 

 

                                         Droguett literario

La tarea literaria de Carlos Droguett fue diferente a la de sus colegas. Tributario de Marcel Proust, William Faulkner y James Joyce, muchas de sus obras trasuntan el espíritu del escritor francés, en orden a dar prerrogativa al manar de la conciencia en la forma de escribir. “De Joyce proviene la asociación libre de ideas, de Thomas Wolfe el tumulto de impresiones, sueños y amarguras y el secreto de duelo de pasiones subterráneas que inspira la sátira de Faulkner” (Fernando Alegría). Por consiguiente, el estilo y el lenguaje resultaban difíciles de entender y, en algunos casos, de digerir. Poco acostumbrados a la retahíla, el lector común miró con cierto desagrado los libros de Droguett, buscando mejores expectativas de entretención.

Sin  embargo, el hombre, a veces, no muchas, daba en el blanco.

Dentro de la maraña de su estilo y lo enrevesado de la lengua, el lector se acostumbraba al ritmo de la frase, dábase cuenta que debía atender más, lograba disfrutar de algunos hallazgos y, con suerte, alcanzaba el final. La anécdota era morigerada por el diálogo interno. La tensión dramática, si bien la hubo, tendía a la morosidad por el embelesamiento del autor en disgregar el pensamiento de sus personajes. Aunque no llega a la minucia ni al puntillismo de Proust, sus intenciones iban encaminadas hacia allá.

Sin ser  mejor, fue distinto en las letras chilenas.

Algo sobre su  obra

La muerte, el acoso, la violencia, el odio, la miseria humana, el  miedo, la soledad, constituyen motivos esenciales de la narrativa droguetiana. Varios tuvieron que ver, por ejemplo, con hechos puntuales acaecidos en Chile. Resalta en estos campos lo concerniente a la conquista española en Chile, donde Pedro de Valdivia y Pero Sancho fueron personajes importantes  en la novela intitulada “100 gotas de sangre y 200 de sudor” y el mismo Valdivia después en “Supay el cristiano”. Allí se aprecian las virtudes y defectos del quehacer artístico del autor que nos preocupa. La primera trata de la confabulación de los soldados españoles contra el conquistador de Chile, teniendo a Sancho de la Hoz como su cabecilla. El diálogo interno logra plena forma en la escritura y la tirantez dramática se escurre en medio de los pensamientos íntimos de los personajes, aunque se ve entrabada por lo mismo y no avanza fluida como el lector quisiera.

No obstante ello, una vez habituado el ritmo y acompasada la respiración, el libro puede ojearse con algún asomo de placer.

Lo diferente en la  novela en comento es una suerte de acendramiento de la realidad colonial, en el sentido de mostrar las miserias de los conquistadores, especialmente lo que habitaron Santiago después de la asonada mapuche. Allí hay una muestra fehaciente de la pluma de Droguett en torno a revelar la cruda realidad de los habitantes, tan crudelísima, que nos recuerda a Reinaldo Lomboy y Puerto de Hambre. No las tuvieron  todas consigo los españoles y, como diría el común, “se las sufrieron toda”. No fue miel sobre hojuelas y muchos autores han desmitificado la historia oficial, mostrando en toda su hondura la desazón, el infortunio de los hispanos, su impotencia para calmar el hambre, las perturbaciones propias de personas que no esperan nada y que han ahogado la fe y la esperanza. Los cuadros descubren en toda su desnudez esta circunstancia y se valora el esfuerzo por exponer la verdad cruda.

Eso es un mérito indudable de Droguett, pese que, como se dijo, la anécdota, la fluidez del relato, se entraba por esta manía de favorecer el dialogo interno sobre la narración. Algo parecido a lo que le ocurría a Mariano Latorre con sus libros, donde el dibujo del paisaje ahogaba el interés por el desenlace.

Supay el cristiano” es una descarnada visión de Pedro de Valdivia.

El acoso y la inhumanidad de los seres sociales se retratan en “Patas de Perro”, dramático relato de un niño con deformidad física, que recuerda La Condición Humana de Somerset Maugham.

La soledad, los miedos y el manido acoso se observan en el monólogo de Eloy, historia del bandido en sus últimas horas de vida antes de ser eliminado por la policía.

Raúl Silva Castro apuntó que estaba “escrita en un estilo muy confuso”.

El único antecedente político, aunque no es relevante, lo encontramos en “60 muertos en la escalera”, basada en la matanza del Seguro Obrero, donde  surge incontenible y rabiosa la pluma de Droguett en orden a reflejar el sufrimiento humano, su rechazo a la violencia física y la visión del desgarro civil, enfrentado a la sangre y al fuego. Raúl Siva Castro nuevamente opinó: “El novelista no toma partido político ante aquel suceso, sino se limita a divagar sobre la muerte, los muertos, los heridos, los moribundos, intercalando monólogos interiores, extensas fábulas que salen del tema central, trasposiciones entre lo real y lo soñado. ¿Sobran páginas?. Puede ser. En todo caso, a pesar de lo grave del tema de fondo, el libro entero parece un poco pueril”.

En la misma senda, pero apoyado en un hecho policial, Droguett escribió “Todas esas muertes”, referido al crimen de Emile Dubois.

La muerte es, como se ha visto, un motivo reiterativo en la obra de Droguett.

Droguett trascendente

¿Cómo quedó registrado Carlos Droguett en la historia de la literatura chilena?. Por efecto del Premio Nacional de Literatura, se transformó en un inmortal. Su nombre invariablemente se manifestará  cada vez que se nombre a los favorecidos. La crítica literaria, para no entrar en conflictos con él en su tiempo, lo aceptó a regañadientes y algunos elevaron los brazos al cielo diciendo que el hombre era un gran escritor. Otros guardaron prudente silencio.

Sus numerosos detractores sonrieron mefistofélicamente en la oscuridad.

El lector medio, el común de los lectores, no la tuvo fácil con Droguett. La técnica de narrar y el uso del monólogo interior se confabularon para que no se transformara en un lector acariciado por la masa corriente, asunto que, sin duda, nunca debió importarle al redactar sus textos.

Queda, sin embargo, un contingente importante, aunque menor, que disfrutó realmente de la obra droguetiana. Son los menos, aunque entusiastas. Como  equipo chico. Al igual que su icono, también hacen suyas las imprecaciones que él profirió en vida contra la fauna humana, especialmente los que contrariaban sus ideas políticas y  mirarán con algún desden, por cierto, el trabajo literario de los escritores chilenos que no se adscriben a la metodología del escritor muerto en Suiza. Abundan, claro está,  los políticos alineados con su postura, crecen los admiradores del Che y Castro y es posible que pululen los nunca fenecidos comunistas. También habrá, de seguro, sesudos académicos y lingüistas de peso que valoran el trabajo desde su hermética perspectiva.

De todo hay en la viña del Señor y, como decía nuestra madre, “a nadie le falta Dios”.

En definitiva, la historia nos muestra a un  escritor que, en persona, era el paradigma de la prepotencia, soberbia y acidez, y que, cuanto a su tarea literaria, obtuvo un escaso aprecio por su creación, motivado más que nada por razones extraliterarias, lo cual, ciertamente, resulta un contrasentido, el mismo, por lo demás, que él provocó en su turbulenta vida literaria.

No obstante lo anterior,  algunos de sus libros obtuvieron  laureles y concitaron el aplauso de cierta crítica.

Pocos, pero aplausos al fin.

texto: Jorge Arturo Flores

FOTO: Memoria Chilena

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