Benjamin Subercaseaux, Joaquin Edwards Bello y Vicente Huidobro: Tres “Pijes” Escribiendo

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Jorge Arturo Flores

Prohibida la reproducción del texto salvo que se nombre al autor y la fuente.

Lo convencional, tal vez lo normal, es que las personas que se dedican a escribir surgen, primero, desde las clases que se entroncan debajo de las denominadas altas, y, segundo, como consecuencia de lo mismo, aunque no prioritario,  pertenecen  a grupos que sufren la vida por situaciones morales, económicas, sociales, religiosas, filosóficas, etc.

Es el parámetro más conocido.

Por consiguiente, pensar que habitantes de la clase aristocrática, acomodada o la más alta dentro de la pirámide  empuñen alguna vez la pluma y se dediquen a escribir poemas, novelas y cuentos (que es lo más común) no se condice por cierto con la imagen que refleja ese sector: conformados, con todas sus necesidades básicas satisfechas, habitualmente con mucho dinero en el bolsillo, viviendo en casas que no parecen chozas, con físicos lejanos a cualquier idea de hibridez o indigenismo, bien vestidos, o sea, todo lo que la masa, es decir, la mayoría,  desea en su búsqueda de la quimérica felicidad.

¿Qué podrán contar, que podrán decir, es lo primero que se viene a la cabeza?. ¿Cuáles los temas?. Como que cuesta aceptarlos en esta instancia humana, más cerca del sufrimiento y la emoción que de la muelle comodidad del buen vivir. No obstante estas incertezas, los que bajan del Olimpo también son humanos, sienten lo mismo y pasan por lo mismo, aunque, claro está, con otras privaciones o tribulaciones sociales. Lloran, por cierto, pero lo hacen desde  la comodidad de un Mercedes Benz…

Pero, en la cotidianidad, es de ordinaria ocurrencia inferir  que no tienen nada importante que hablar, que no han pasado las pruebas de la blancura y publican libros por simple hobby.

Porque, – y es lo que se ve usualmente – escriben los que están mal, los que poseen matices socialmente insoslayables llámese tartamudez, locura, pie equino, homosexualismo, timidez, discriminación, defectos físicos notorios, desengaños amorosos, depresiones congénitas, trastornos bipolares, alcohólicos, drogadictos, asesinos, errabundos en busca de la Verdad, etc.; los que nacieron en pobre o mediana cuna, los que la sociedad  aísla, los que buscan en el escribir desahogos para manifestar sus dudas, su pena, su dolor, la eterna incomprensión. Son también los que desean ascender en el nivel social, ubicarse entre los afortunados, entre los reconocidos universalmente, en otras palabras, aspiran a “ser tomados en cuenta”, convirtiéndose en seres que reciban halagos, mimos, entrevistas, (“salir en los medios de prensa”), en definitiva, “ser alguien”.

Que sufren, sufren.

Por eso, invariablemente, escriben.

No se nos oculta que entre los escritores, vengan de arriba, del medio o del final de la fila, existen creadores que parecen “normales”, se casan heterosexualmente (hay que decirlo todo), tienen hijos, forman familia, trabajan, van al estadio, acuden a actividades gregarias, se juntan para los asados, bailan, beben, comen, se casan, descasan,  se les ve realmente, si no felices, al menos insertos en lo que se ha llamado normalidad social, esa que acompaña al hombre desde tiempos pretéritos.

La procesión, en estos casos, va por dentro y, para sobrellevarla, recurren a la pluma.

Evidentemente, quienes escriben debieran tener vocación o talento, pero ese es otro cuento.

Véase el caso de tres escritores chilenos, no precisamente de clase social baja, aunque sí con talento,   que enrumbaron sus vocaciones al través del escribir.

  TRES PIJES ESCRIBIENDO

 VICENTE  HUIDOBRO  es el poeta que remeció al mundo con su Creacionismo. Compareciendo desde una familia de algún abolengo, la búsqueda de la plenitud terrestre lo llevó a ser una persona inquieta que viajó por el mundo y realizó acciones un tanto inusuales (poeta, comunista,  candidato a Presidente de la República, novelista, huida a Buenos Aires con Teresa Wilms, corresponsal de guerra, “no le trabajó un día a nadie “en el sentido popular de la expresión).  Tan disparatada parecía su postura artística que algunos columbraron que sus creaciones no fueron creadas por él, sino por otra persona, lo cual es hilar demasiado fino. En punto a amores fue impaciente, aunque se casó y tuvo hijos. El personaje, lindante en la leyenda,  tuvo amantes y   no poseyó, entre sus metas, la fidelidad.

Dicen.

Como poeta es grande, inmenso, fanal necesario en cualquier historia literaria. Sus creaciones resultan hasta geniales, especialmente por la originalidad, aunque peca de ultra petita. No se mide y se desmide.

La extensión de sus bellos poemas atenta contra un juicio más alentador.

 JOAQUIN EDWARDS BELLO también hace abstracción de su condición social y embiste al mundo, el propio y el ajeno, con textos que desnudan el alma chilena, hundiendo la daga a fondo, mofándose de nuestro carácter o descubriendo el mundo al cual pertenece. También es agitado, curioso, irreverente, desmitificador de costumbres y mitos. Tiene una pluma increíblemente liviana, juvenil, sin censuras. Atrajo la simpatía de la población, primero por su indudable talento y luego, hay que decirlo, porque se convirtió en una “rara avis”.

Publicó varios libros. Entre los que muestran el desapego a su clase social y lo hace meterse en camisas de 11 varas tenemos  El Inútil, El Monstruo y El Roto. El resto son novelas y resúmenes de crónicas.

 BENJAMIN SUBERCASEAUX ZAÑARTU proviene de familia de rancio abolengo. También se convierte en la oveja negra de la familia y sus tradiciones. Pero acá hay un elemento que juega a su favor. Era homosexual, en una época en que serlo no facilitaba la convivencia. Tiempos de corsés, traumas, machismo a ultranza, tradiciones fuertemente entronizadas, fundamentalismo religioso, intolerancia sexual.

Hoy el homosexualismo, tanto femenino como masculino, “la lleva”, es decir, está de moda.

Es el más intelectual de los hijohidalgos, el que enrumba por caminos no habituales: el ensayo, las teorías de la evolución, locas geografía y locas historias. También se introduce en la poesía, cuento y novela, pero destaca en esto otro.

Se apartó de la trillada senda y buscó alternativas.

 HAY MÁS

 Ciertamente hay otros escritores que provienen del tronco tradicional de la sociedad chilena. Cuentan, por ejemplo, Iris Echeverría, Alberto Blest Gana, Teresa Wilms Montt, Alberto Edwards, Jenaro Prieto Letelier, Luis Orrego Luco, Pedro Prado, Alberto Romero, Jorge Edwards, etc. Son los que se agrandan de inmediato. La mayoría, no todos,  tienen como regla básica apartarse del nido, escudriñar otras sendas, no hacer caso a la historia. Buscan,  a veces,  lo contrario de sus vivencias, se sumergen en el mundo hostil y duro de la realidad, analizan  costumbres, vidas y caracteres.

Luego, lo estampan en textos que se venden con cierta facilidad.

Al parecer, quienes son “niños de oro” no se acostumbran a esa condición y prefieren ir el otro paraje, un tanto vedado: los “niños de lluvia”. A los que les gusta, se quedan allí. A los otros, sin dejar de agradarles, permanecen en su sitio original.

Este desarraigo social no solamente se da en nuestra patria, sino también conoce semejanzas con otras naciones.

En síntesis, es interesante y hasta curioso bucear en los motivos que llevan a personas que nacieron en cuna de oro o en familias acomodadas a internarse en el siempre complejo mundo de la creación literaria o artística. Dada su condición de tal, el común de las personas no acierta a dar con la causa del camino elegido, ya que infiere que no poseen mayores necesidades ni tienen grandes problemas, como sí abundan entre los que, de alguna manera, se inscriben en las razones que dimos anteriormente sobre las motivos que llevan a posar las manos en el mouse, mirar la pantalla del computador y entregarse a la gran aventura de escribir.

Como que no les calza.

La realidad, sin embargo, expresa que  puede darse perfectamente. Aunque se mantienen las distancias.

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