LUIS DURAND, Afuerinos

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Por Jorge Arturo Flores
Luis Durand pertenece al grupo literario que cultivó con entusiasmo el criollismo, ese género que se esmeró con entusiasmo en copiar el campo chileno, su jerga, sus habitantes, las costumbres, etc.
Fue muy popular en algún tiempo de la historia y su cabecilla fue don Mariano Latorre.
El problema, no de Durand, fue que su líder puso demasiado fervor en esta heroica acción, extasiándose en demasía con el paisaje, a tal punto que dio con textos que desdibujaban al protagonista y las ramas cubrían el libro.
Por hacer eso, por empecinarse, recibió varias críticas, la mayoría no precisamente benignas.
Luis Durand, siendo de la misma escuela, es el alumno aventajado. Sus narraciones corren fluidas, con tintes de humor campesino, ataviados con el paisaje, pero en su justa medida, sin sobrepasar y contando historias entretenidas, con mucha hondura emotiva y poseedora de la realidad que el autor vivió.
Es otra cosa y se hace leer con fruición.
Luis Durand publicó cuento, novela y ensayos. En la cuentística, los críticos destacan sus breves narraciones intituladas “La Carreta de Mardones”, “La Picada” y “Afuerinos”.
Démosle una mirada breve a su cuento “Afuerinos”.
Trata sobre dos trabajadores del campo que rumbean eternamente buscando trabajo. Lo hacen un tiempo y luego continúan con su transitar. No se “arranchan” en ninguna parte ni tampoco les subyuga la posibilidad de formar hogar con mujer e hijos porque “la mujer es muy llevá de sus ideas y muy amiga de gobernar al hombre como chiquillo mediano “y ellos son de “mechas tiesas”. Prefieren la libertad absoluta, teniendo como techo el cielo y durmiendo en galpones o bajo los árboles. Comen cuando les dan, trabajan lo justo y siempre están en movimiento. Acá, en el cuento indicado, Rosendo Farías (El Tuerto Farías) y Álvaro Pérez (El Negro Pérez) caminan una noche buscando comida, abrigo y trabajo. En la noche nadie acepta conversar con ellos, salvo el “jutre” Chandía que, aunque no hace tratos en la noche con desconocidos, acepta darles una gran porción de porotos. Los afuerinos felices prometen volver al día siguiente a trabajar. Buscan “reparo” donde zampar las legumbres. Luego encuentran un galpón donde duermen a pierna suelta sobre la paja. Al día siguiente, descubren una vaca y dos terneros encerrados. Cogen a uno de ellos y lo acercan a la mamá. De inmediato, arriman sus jarrones de metal y sírvense un formidable desayuno de leche fresca y tibia.
Luego deciden trabajarle a On Chandía en otra oportunidad, porque “el pobre también tiene que darse sus gustos” y emprenden nuevamente la marcha.
Destaca sin duda el humor.
El relato marcha fluido, sin atascamientos, con palabras claras, bien ambientando y dibujada la atmosfera con precisión. Los diálogos, que es lo humorístico y chispeante del relato, provocan la sonrisa permanente del lector, ya por su agudeza ya por su absurdo. El retrato del campesino “bueno para la talla” se refleja aquí con absoluta certeza y realidad. La jerga campestre está copiada tal cual, pero como no abunda, se entiende y no es piedra que entorpezca la marcha. Al través de chispeantes diálogos, Durand nos muestra la picardía chilena en pleno. Véase por ejemplo esta conversación:
“— ¿Cuánto pagan aquí?
Y cuando el hacendado se lo dijo, Farías desdeñosamente replicó:
— ¡Chs! Por esa plata yo no le trabajo a naide. Pa eso, mejor estoy sentao en mi casa.
El dueño se encogió de hombros, sin pizca de malicia. Afirmándose el fiador del sombrero y levantando las riendas del caballo que lo esperaba, les dijo a manera de despedida:
— ¡Que les vaya bien!
Al Negro Pérez, no obstante el disgusto que aquella salida de tono le causara, le dio una loca tentación de reírse a gritos. Y, ya en el camino, le dijo:
—Güeno, pue ho, ¡ahora nos iremos a sentar a tu casa!
Y ante la furiosa mirada de Farías, Alvaro Pérez había dejado escapar el atropellado tumulto de carcajadas que le estaba haciendo cosquillas en la garganta. Esa noche durmieron al abrigo precario de un muelle de paja que encontraron al paso. Muy trillado por los animales y ya pasado por el agua de las lluvias, aquella alojada fue harto penosa. Apenas clarearon las primeras luces, Pérez se enderezó entumecido, exclamando:
—Oye, ta güeno que le mandís a componer el techo a tu casa. Tengo la cara como cartón con la garuga de anoche. Güeno, pues, hombre, llama luego a la empliá pa que nos traiga desayuno. A mí me gusta el caldo por la mañana”.
Así, en tono de chanza, se va recreando la narración.
Es la parte amable, en medio de las tribulaciones, para quienes la existencia es algo que hay que asir con filosofía, tranquilidad, sin alterarse y coger lo que venga.
La descripción del paisaje, por otra parte, es breve, dando el toque justo. Para quienes vivimos en el sur, esos dibujos de la natura despiertas bellas remembranzas.
Las alusiones a la pobreza y a la culpabilidad de los ricos asoman en varios momentos de la conversación, pero no es matiz que profundice, sino es algo sobre el cual no pueden hacer nada y se conforman con su suerte.
El final es formidable.

(Derechos reservados. Es propiedad del autor)

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