ERNESTO CARDENAL Un Bello Poema de Amor

AL PERDERTE YO A TI

 

Por Jorge Arturo Flores

Hay poemas que subsisten en la memoria por siempre y resulta grato traerlos de vuelta desde el fondo del pasado. Son especiales, fulguraron alguna vez como las estrellas, pero luego se sumergieron en la oscuridad del universo.
Es así.
No tenemos manifiesta predilección por los poemas del amor, pero reconocemos que el tema es el universalmente tratado para estos menesteres.
Por lo demás, los hay bellísimos y debemos considerarlos.
No ha mucho rememoramos uno que nos llamó la atención hace un tiempo. Nos acordábamos del tema y la reflexión, pero costó dar con el título y su creador. Creíamos que era Nicolás Guillen, pero no. Era otro. Alguien bastante popular, no tanto por su creación poética, sino por su participación en situaciones relacionadas con la política, todo lo cual hacía olvidar al común de las personas que el hombre, además de poeta, era sacerdote.
Si, Ernesto Cardenal.
Sabemos sus preferencias ideológicas y sus luchas en ese sentido.
El hombre, ciertamente, no ha nacido para ejercer el sacerdocio, sino su norte es la política.
No obstante ello, se le conoció el lado artístico, específicamente el poético, obteniendo importantes galardones a nivel planetario. Y nos llegaron algunos poemas que, si bien no eran brillantes, dejaban algo. Debe haberlos creado antes de ser sacerdote.
Durante el ejercicio profesional no podría ser, habida cuenta que el hombre, cuando decidió seguir el camino de Cristo, se comprometió con determinados votos en que la imagen femenina, – objeto de pecado al interior de la iglesia católica – no estaba permitido traerla a cuento ni siquiera soñarla en el ejercicio sacerdotal. Pensamientos pecaminosos. Ahora, si el bendito poema estaba aderezado hacia otro norte (guiño a la diversidad sexual), también estaba condenado por cuanto la entidad religiosa reprueba esa “opción” casi a muerte.
La castidad es un voto muy comprometedor y su acatamiento es tajante.
Entonces…..
Alguien debiera dilucidarlo.
Mientras ocurre esa investigación, que solo es anecdótica, leamos el poema que alguna vez hirió nuestra sensibilidad y quedó en la memoria:

Al perderte yo a ti

Al perderte yo a ti
Tú y yo hemos perdido:
Yo, porque tú eras lo que yo más amaba
Y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos
Tú pierdes más que yo:
Porque yo podré a amar a otra como te amaba a ti
Pero a tí no te amarán como te he amado yo.

Cuando se rompe una relación sentimental, en que ambos están enamorados (¡oh quimera, oh dulce fantasía, oh amable candidez!) se provoca el necesario duelo. Ambos sufren. Uno más que otro, pero sufren. Algunos se alivian rápidamente llevando a la práctica aquello que “un clavo saca otro clavo”. Pero la regla general es que ambos padecen el fracaso.
Tiene que ser así, de lo contrario el asunto carece de gracia y razón.
Cuando se hace el recuento de las emociones, son pocos los que escapan a la soberbia: “lo que se perdió” es lo menos que dicen. La mayoría prefiere el silencio, un silencio, eso sí, plagado de murmullos.
Cardenal hace ver esta fluctuación del yo en el poema, pero al final se yergue altanero, seguro de sí mismo y anatematiza:
Pero a ti no te amarán como te he amado yo.
– “La del picado” – diría un chileno, creyendo intuir un fastidio por el quiebre. Ahora bien ¿ Por qué altanería?. Por la sencilla razón que antes lo mencionó: “yo podré a amar a otra como te amaba a ti”.
¿Otra del “picado”?.
Es decir, el hablante lírico las quiere todas consigo y utiliza, parece, el mismo rasero con las mujeres, lo cual, en definitiva, significa no amar a nadie.
Eso analizando un flanco del cierre.
Porque al otro lado podemos aventurar que es perfectamente posible que a la niña de marras nunca la amen en el futuro con la misma intensidad que se adorna el poeta (“no te amarán como te he amado yo”), hecho que necesariamente quedaría sujeto a comprobación.
Y eso sí que es difícil.
Finalmente, no desdeñemos el sincero clamor del enamorado que realmente le hace ver a su amada inmortal que su amor era inmenso, único, irrepetible. Todos los enamorados se creen el cuento y es perfectamente lícito, lógico y humano.
Dejemos la reflexión sobre el poema hasta aquí. Quedémonos con el agradable gusto de haber leído unos versos, que si bien reiterativas y con muchas repeticiones (como el Bolero de Ravel), atrae, es romántico, breve, sintético y conmueve.