Pedro Sienna, esa herida que me duele tanto

Prohibida su reproducción, salvo que se mencione al autor y la fuente.

pedro sienna

Jorge Arturo Flores

Uno de las obsesiones de  poetas o escritores es que alguna obra suya quede en el imaginario para siempre. Es decir, que se le recuerde aun después de muerto.

Es lícito, es humano pensar así.

En poesía, por ejemplo, hay versos que pasan a la posteridad por el acierto o por la facilidad que se graban en el magín. Algunos poetas sueñan con lograr aquello.

Muchos no lo alcanzan y son pocos los convidados a la cena.

He aquí a Pedro Sienna (1893-1972), más conocido como cineasta, actor de teatro, guionista antes que poeta o escritor. Recibió el Premio Nacional de Arte, Hijo Ilustre de San Fernando, Medalla de Oro en la Exposición Internacional de Cine en La Paz (Bolivia), etc. Pasará a la historia como el director del filme Los Húsares de la Muerte, toda una proeza en aquel entonces y que mantiene categoría de culto. Como creador literario, sin embargo, no es tan conocido. Hurgando en su tarea dimos con un breve poema que es formidable, porque reúne todas las virtudes para hacerlo clásico y permanente en la memoria. Trata sobre un daño que posee, que lo acompaña, que no lo deja tranquilo, que está siempre presente.

Leámoslo:

 

ESTA VIEJA HERIDA…  

Esta vieja herida que me duele tanto,
me fatiga el alma de un largo ensoñar;
florece en el vicio, solloza en mi canto,
grita en las ciudades, aúlla en el mar.

Siempre va conmigo, poniendo un quebranto
de noble desdicha sobre mi vagar.
Cuanto mas antigua tiene mas encanto…
¡Dios quiera que nunca deje de sangrar!…

Y como presiento que puede algún día
secarse esta fuente de melancolía
y que mi pasado recuerde sin llanto,

por no ser lo mismo que toda la gente,
yo voy defendiendo románticamente
¡esta vieja herida… que me duele tanto!…

De algo tan cotidiano y, si se quiere trivial, el poeta ha logrado un hermoso poema que dibuja  un trasfondo íntimo frente a una llaga que “le duele tanto”. Una lesión que molesta, que al moverse lo punza, que no lo deja vivir tranquilo, porque está allí. Sin embargo, ve en aquello algo distinto al resto. ¡No cualquiera tiene una herida permanente!. Ante esa “fuente de melancolía”, repetimos, él teme perderla, en el fondo no le provoca tanta incomodidad como lo cuenta, y, entonces,  la protege,   perviviendo con ella.

En la vida, esa laceración puede devenir en otros resultados, no tan románticos.

Lo más común, la envidia, esa” melancolía por el bien ajeno”;  el resquemor,  la distancia que alguien descubre frente a sus congéneres, vulgo resentimiento social,  siempre más altos que él, siempre alejados, como un Santo Grial que se  escapa de las manos cuando intenta alcanzarlo. La cosmovisión de  una vida en sociedad, generalmente fracturada, provoca la desgarradura  “que me duele tanto”.

¡Y cómo debe lastimar  para quien sufre discriminación, intolerancia o desdén!. Especialmente cuando se enfrenta a situaciones que le hacen sentir de nuevo “esa herida..”. Es una campanada, es el dolor que secreta el cerebro frente a un hecho nunca superado, es la amargura que pincha al ser para recordarle que no es como los demás. Lo desestabiliza, descompone y enerva.

Definitivamente, no es un herida cualquiera.

Para redondear esta última reflexión, acudimos al mejor novelista chileno, Manuel Rojas, quien en Hijo de Ladrón, su gran obra, nos recuerda este mismo pasaje. Dice: “Imagínate que tienes una herida en alguna parte de tu cuerpo, en alguna parte que no puedes ubicar exactamente y que no puedes tampoco ver ni tocar, y supón que esa herida te duele o se abre cuando te olvidas de ella y haces lo que no debes, inclinarte, correr, luchar o reír; apenas lo intentas, la herida surge, su recuerdo primero, su dolor enseguida: aquí estoy, anda despacio…”

Notable digresión.

Pedro Sienna ha conseguido, con una pequeña erosión, un  gran poema que lo instala entre los versos reconocidos y fácilmente recordados.

¡Qué mejor!

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