Marcel Proust, George Painter y Hernan Diaz Arrieta (Alone)

Marcel Proust 1900.jpg

Por Jorge Arturo Flores

Quien habló primero en Chile sobre el libro En Busca del Tiempo Perdido de Marcel Proust fue Hernán Díaz Arrieta, Alone, el irrepetible crítico literario de Chile. Lo hizo al poco tiempo de aparecer en Paris los dos primeros volúmenes de la monumental obra, lo cual, si miramos la época y el tiempo transcurrido, no deja de ser  extraordinario.

INTRODUCCION DE PROUST EN CHILE

Alone, reiteramos,  fue el pionero de Proust en Chile.

Sin embargo, al igual que su ídolo, sus comentarios cayeron en el vacío y pocos prestaron atención al novelista galo. Más aun, si, al leerle, como siempre comenta Alone, caían rendidos en sueño cataléptico frente a las primeras 30 páginas donde el narrador francés describe las vueltas que  da el protagonista, desvelado, para poder dormir.

Nadie pasaba esas vallas.

Como viera que el panorama para su autor favorito no era el mejor, el escritor chileno publicó después una antología intitulada Las Mejores Páginas de Marcel Proust (1933), donde recopiló en forma muy breve y, por cierto, sintética, algunas páginas que le merecieron el valor de excelentes. La mayoría están cogidas de los dos primeros tomos, traducidos por el español Pedro Salinas.

Ahí respiró tranquilo.

Más tarde, y durante toda su vida literaria, no mezquinó su crónica literaria para advertir sobre las virtudes notables del libro. Fueron muchas las que, durante más de 65 años, publicó en el diario El Mercurio especialmente, antes en La Nación y prensa en general.

Fue un amor a toda prueba.

El éxtasis, el clímax, la plenitud literaria  llegó al cabo de muchos años, cuando ya contaba con una cronología pesada. Lo constituyó la aparición en Londres del segundo tomo dedicado a Proust, por George Painter (1965). Fue alcanzar una estrella. Y a tanto llegó su entusiasmo que le dedicó, a los 2 volúmenes, la friolera de 4 crónicas literarias (1966), donde expresa, exultante, el descubrimiento del único biografista acertado de la vida proustiana.

Antes los había leído a todos, pero con Painter se queda inmóvil,  pleno de gozo, encontrando que el inglés le apuntó medio a medio al blanco.

No cabrían más antecedentes, después de Painter, sobre el autor galo.

LA PASION POR EL ESCRITOR FAVORITO      

Lo anterior refleja, y es el motivo de esta reflexión, el nivel de entusiasmo que provoca en alguien el descubrimiento, a través de la lectura, de un autor que colma todas sus expectativas y lo hace caminar junto a él durante su vida. Le ocurrió a Alone con Proust.

Le sucedió a Painter con Proust.

Y es notable la pasión, la ansiedad, la búsqueda incansable que ponen los dos por conseguir todo lo que se relacione con su creador favorito. Pruebas hay muchas en el mundo literario que hablan de esta aventuras literarias y a nadie debiera sorprenderle. Pero siempre es interesante releerlas.

Aunque se tiende a mimetizar con el amor definitivo, ocurre que la distancia artística, a veces, no permite ese acercamiento. El estilo de Marcel Proust, por decir algo,  se encuentra a distancias siderales del crítico chileno y de George Painter. Nada más lejano a la esencia misma de aquel estilo largo, moroso, sin aire en medio, con páginas y páginas describiendo situaciones puntuales, detallistas y meticulosas, derivado al examen del último pormenor, etc.

Alone, lo sabemos, es el mejor prosista chileno y lo es por su estilo elegante, claro, simple, ordenado, llenos de fino humorismo, favorecido por una mente ágil, atrayente, llamativo, único. Se podrían agregar muchos atributos a los  expuestos en la prensa.

Painter, por otro lado, utiliza un lenguaje claro, preciso, directo, sin mucha ornamentación, aunque a veces se entrevé el amor proustiano por las muchas indicaciones que surgen en su estilo.

Pero no son tardos ni extendidos ni minuciosos como el maestro.

Ambos, Painter y Alone, tiene algo en común: quisieron saber en vida todo sobre Marcel Proust. Lo estudiaron, buscaron información, publicaron libros, nada les fue extraño en esa infatigable y formidable tarea.

Eso los une.

 

LAS CRÓNICAS DE ALONE         

Los primeros trabajos de Alone sobre Proust, como decíamos,  datan de principio de siglo XX y fueron escritos en el diario La Nación, donde el escritor chileno oficiaba de crítico. Son aproximadamente 8 crónicas publicadas en que Daniel Swinburn, en un trabajo atinadísimo, rescató del paso del tiempo y publicó con el título Proust, la Mirada de Alone (2001).

Debe ser el trabajo más serio, completo, estructurado y casi académico que redactó Alone en torno a En Busca del Tiempo perdido. Después no publicó nada parecido y lo que más se le acerca es, años más tarde, cuando redacta el prólogo a las Mejores Páginas  de Marcel Proust, que también es notable.

El último gran paso que dio fue cuando aparece el volumen, ya citado, de George Painter. Redactó 4 crónicas seguidas, como volando.

Tanto en La Nación como en El Mercurio, posteriormente, Alone continuó manteniendo vigente el gusto por el autor galo, pero no con la profundidad de los artículos publicados en el primer diario como en la antología citada. Cada vez que surgía un texto relacionado con Proust, Alone inmediatamente daba a luz una crónica, repensando al autor favorito.

Éstas sumaron varias y esto se ve claramente en el libro Literatura Francesa: Crónica Literaria, publicado en 1971 por Alfonso Calderón, reeditada en 2012 con el titulo de Crónica Literaria Francesa, realizada por Daniel Swinburn, y que reúne más 300 crónicas sobre las letras galas, favoritas por cierto, del crítico chileno. En este volumen hay 11 artículos relacionados con Proust y forman número considerable comparado con los demás.

Eso es ser un discípulo y admirador obstinado.

LOS CAMINOS DISTINTOS

Alone prosiguió en su titánica, casi benedictina, tarea de publicar semanalmente una crónica literaria sobre la actualidad chilena y alguna extranjera. Lo hizo hasta el año 1978. Desde 1966 publicó 3 libros más (Antología del Árbol, En la Batalla Política y Pretérito Imperfecto) que constituyen más que nada recopilaciones de sus artículos. Después de su muerte, ocurrida en 1984, a los 94 años, se publicaron varios libros relativos a su afán crítico. Cerca de la decena.

George Painter escribió otros libros, entre los que sobresale el dirigido a la vida de Chateaubriand. Obtuvo un premio. Pero nunca tuvo el resultado de sus dos tomos dedicados a Proust, con los cuales logró tocar el cielo y fue reconocido en muchas partes.

Murió en el año 2005, veintiún años después del fallecimiento de Alone, a los 91 años de edad.

Ambos nunca lo supieron, pero estuvieron atados,  en breve tiempo, por el lazo que otorga la devoción inacabable por un escritor que colma todas las expectativas literarias y cuyo ejemplo artístico, no de vida, les sirvió para encauzar las suyas, enmarcándola en la ruta del amor por la literatura.

Le sucedió a uno y otro. Nos ocurre con Alone hasta nuestros días.

La historia, entonces, se repite.

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