Hernán Díaz Arrieta ( Alone): Crónicas Literarias Francesas

Por Jorge Arturo Flores

Titulada como “Crónica Literaria: Literatura Francesa”, el libro reconoció la luz en 1971, publicado por editorial Andrés Bello, con prólogo de Alfonso Calderón. Hoy, en 2012,  a través de Ediciones Universidad Diego Portales, conoce las mieles de la segunda edición. Prólogo de Daniel Swinburn, el mismo del otro texto “Para Leer a Proust: la mirada de Alone” (2011).-

En el preámbulo, Swinburn dice que Alone preparó la edición. No fue así. El recolector de artículos fue Alfonso Calderón. Como no estaba expresado en la primera edición, Alone lo recuerda en una crónica literaria de ese año.

El libro

Contiene crónicas literarias (1946-1970)  que obviamente hablan de la gran afición de Alone por las letras francesas. Mayoritariamente escritas en el diario El Mercurio, donde trabajó desde 1939 a 1978. Hay otras que no indican fuente de publicación y podría pensarse que provienen de revistas, o del diario La Nación, donde ejerció  largo tiempo.

Son 328 páginas de crónicas que versan sobre la impresión que le causó, porque no es otra cosa, la lectura de autores como Marcel Proust, André Gide, Balzac, Maupassant, Anatole France, Hippolyte Taine, Ernest Renan,  Sainte Beuve, Camus, Sartre, André Maurois, Chateaubriand, Genet, Claudel, Montherlant, Boidesffre, y un extenso etc.

La portada, demasiado sobria, consta de una fotografía  de Hernán Díaz Arrieta (1891-1984) obtenida desde el Archivo del Escritor (Biblioteca Nacional).

La portadilla es breve, dando cuenta de la bibliografía del autor y en la contraportada un concepto de lo que representó para Alone la Literatura Francesa.

La inclinación por la biografía y autobiografía   

Además de agradarle las letras galas, Alone también poseía en grado máximo la inclinación por los textos que, de alguna manera, reflejaran el alma de su autor, abstrayéndose un poco de lo creado. Los criollistas chilenos lo supieron en su tiempo. Este afán por conocer al autor y su entorno es de antigua data. Y si bien él lo convierte en una premisa eficaz para analizar un escrito, las escuelas modernas  hace  tiempo lo dejaron afuera. O sea, quedó obsoleto. Todo por la pretendida y obsesiva manía de mirar el texto desde una altura objetiva, provista de herramientas  sin matices personales y buscando, con afán realmente tierno, el Santo Grial de la crítica literaria: la objetividad científica.

Alone nunca estuvo de acuerdo.

Lo dijo siempre. La crítica literaria objetiva, seria, imparcial e independiente es la ideal, pero tiene un serio inconveniente: no existe.

Y zanjaba el asunto.

Entonces, cuando cogía un libro para comentar, lo realizaba desde la perspectiva de un simple lector, sin ligazones académicas ni redes ni amarras. Como tal, aplicaba el placer o desagrado que le provocaba la lectura. Y lo decía.

Claro que no era un simple lector, como se comprenderá, por cuanto lo expresaba al través de letras de molde. Ya se sabe el impacto que éstas provocan.

Desde esa medida literaria, Alone prefería las obras que hurgaran en la intimidad del ser humano, sin desdeñar, claro está, la vida del autor. Le agrada bucear en sus interioridades y desde allí aventuraba juicios sobre el valor del texto.

Para él  aquello tenía sobrada importancia.

Pero no sólo la biografía o el conocimiento íntimo de la persona interesaban a nuestro Cronista Literario, sino también era la oportunidad para meter baza y solazarse con la autobiografía, la cual está implícita en la gran mayoría de sus trabajos (la crítica es un pretexto para hablar de sí a propósito de los libros). De ahí entonces,  la amenidad de sus críticas, por cuanto en ella introducía toda clase de asuntos que escapan a una lógica artística, pero que hacen entender la creatura tanto humana como literaria.

Los puristas, los académicos, los seudo artistas, enrojecían de furor.

Los lectores, en cambio, disfrutaban “a concho” las crónicas y adquirían los libros que el hombre enaltecía.

Resultados dispares, no obstante, porque,  como veremos a continuación, la crítica de Alone estaba a distancias siderales de cualquier concepto sobre el tema y, en el fondo, era un creación personal.

La crítica literaria como creación

Tal como decíamos, la crítica ideal es la objetiva. Pero ella no existe. Desde el momento que se elije un libro y no otro, ya estamos discriminando y haciendo gala de nuestra subjetividad.

El mundo académico, cierto tipo de periodistas y algunos escritores han pretendido durante años   un tipo de análisis que deje a todos contentos y no produzca los resquemores propios de quien se siente herido en su fina epidermis. Por ello nacieron varias escuelas en diferentes países. Y han seguido emergiendo.

Todo sea por la bendita objetividad.

Alone desde su tribuna, que agarró vuelo con inusitada rapidez y se convirtió en referente obligado, ponderaba las obras a partir de su específica medida que era el gusto personal, su buen gusto mejor dicho, finísimo por cierto; del bagaje de lecturas francesas y otras (no era tan limitado el hombre, aunque algunos heridos  así lo considerasen); de su conocimiento de la lengua gala (la escribía y leía), del  inveterado afán por leer y escribir desde tiempos inmemoriales, de su singular humorismo, de su independencia de escuelas y modas, etc.

En el fondo la convirtió, y no sabemos si hacia allá propendió su afán, en una suerte de género literario per se. El problema es que,  para que ello sobreviniera, debían confluir diversas medidas de tinte doctoral, académico, universitario o llámese como sea. Y Alone no poseía, siquiera, estudios completos.

Todo un caso.

No olvidemos, por cierto  que Andrés Bello tampoco era abogado y es el creador del Código Civil que hasta hoy impera  y existen otros por ahí que son realmente genios y ni siquiera pisaron las aulas universitarias.

Los orgullosos titulados  ponen sus barbas en remojo.

La crítica como creación literaria se da en forma paulatina en el “Novelista de Libros” y logra imponer, por casi 6 decenios, su particular forma de comentar textos. En ella, es decir, en su Crónica Literaria, funde,  como dijimos, agrados y diferencias, sociología, sicología, religión, política, hasta deportes, historia, filosofía, destellos científicos, chismes, teoría sobre el análisis, ideas generales, una cultura humanística enorme, y otro extenso etc.

Nada de ello, por supuesto, es lo que presupone una crítica literaria seria, derecha y respetable.

Alone, con otras armas, se acercó a lo mismo y hasta desbancó a los ceñudos docentes y académicos.

No será la primera vez que los autodidactas rompan la barrera del Arte sin tener el acervo educativo necesario para hacerlo.

Aumenta  la palidez, una vez más, en las caras de los eruditos…y diplomados.

Las preferencias literarias de Alone

Sin duda alguna, Marcel Proust, con esa inmensa catedral denominada En Busca del Tiempo Perdido, es su  faro para avanzar en las aguas tremolantes de la literatura. Escribió numerosas crónicas para relatar la impresión definitiva que le dejó la obra. Y de ella proviene, en gran parte,  las variaciones artísticas que Alone practicó en vida.

Es una devoción a toda prueba.

No debiera resultar desconocido, tampoco,  el apego que siente Alone por la obra de autores galos que, en vida, sufrieron la resistencia del ambiente por su condición sexual, llámese Proust, Gide, Peyrefitte, Genet, etc.

Hoy se entiende.

Más allá quedaron, last but not least, autores que le dieron el empellón inicial: Sainte Beuve, Maupassant, Taine, Renan y Anatole France.

De Sainte Beuve obtiene el cartabón de sus crónicas, basándose en Les Causeries du Lundi; de Maupassant el encuadre artístico del principio, medio y fin; de Taine y Renan las confluencias filosóficas e históricas. De todos, la sencillez, el orden, la claridad, la síntesis y la brevedad del estilo, su gran aporte y sobre el cual se asentó también su figura de Pontífice de las letras.

Son las columnas de su tarea literaria.

BREVE CONCLUSION

La literatura francesa es arma preponderante en el ejercicio de la crítica literaria de Alone en más de 65 años de ejercicio. Al través de su prisma, eligió los textos que más agradábanle y escribió desde el manejo extraordinario de la lengua y provisto de un estilo que hasta hoy no tiene parangón. También, merced al perenne trabajo en diarios y revistas, además de libros, creó una suerte de análisis literario que se contradice con lo percibido por los eruditos en el tema, pero que, sin embargo y de acuerdo a investigaciones, reúne mucho de la nomenclatura que hace de la crítica un género literario objetivo, por cuanto, entre sus infinitas ramas, Alone también empleó algunas, sabiéndolo o no, con la gran diferencia, por supuesto,  que la suya es más amena y llega al fondo del  lector.

Cosa que los eruditos jamás lograrán.

Por otra parte, las crónicas literarias que versan sobre la literatura francesa nos muestran a un Alone predispuesto a escribir sobre la intimidad de los autores, su entorno social, religioso y político, desde donde elabora el juicio sobre su obra. No descuenta, en la expresión de sus veredictos, el factor personal (obviamente), basado ante todo en la autobiografía.

No se nota mucho, sólo se trasluce, como a él le gustaba, entrelíneas.

En síntesis, un libro que servirá para recordar la magia del estilo, su aguda percepción de los valores literarios y el irrepetible buen gusto artístico del cual hizo gala Hernán Díaz Arrieta, Alone, en más de medio siglo ejerciendo el difícil arte de la crítica literaria.

Sin duda, fue el mejor y hoy se echa de menos.

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