Manuel Rojas: los cuentos del novelista

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Prohibida su reproducción, salvo que se nombre al autor y la fuente. 

Jorge Arturo Flores

El autor de Hijo de Ladrón ha pasado a la historia literaria como  uno de los más grandes, sino el más grande, de los novelistas chilenos. Su obra cumbre, la enunciada, lo convirtió en una de las cimas de nuestra literatura. La aparición del libro en comentó provocó un quiebre en las letras criollas: hay un antes y un después de “Hijo de Ladrón”. Con  él empieza una nueva etapa en la forma de novelar.

Es el gran mérito.

A la obra maestra suma otras no menos importantes: Lanchas en la Bahía, Sombras contra el Muro, Punta de Rieles, Mejor que el vino, La Ciudad de los Césares. En todas se descubre una personalidad literaria original, en que la vida se funde con el relato, debido, ante todo, a sus innúmeras experiencias laborales.

No obstante ello, los enjuiciadores literarios pasan de largo sobre sus cuentos y, si bien, los nombran, no han tenido la misma repercusión de “Hijo de Ladrón”.

La faceta cuentística de Rojas está constituida por la publicación de Hombres del Sur, El Delincuente, El Bonete Maulino y Travesía.

TRES CUENTOS

 

Hay unanimidad en situar a Laguna, Un Vaso de Leche y Una Carabina y una Cotorra entre sus relatos más conocidos y antologados. Puede agregarsele El Hombre de los Ojos Azules, Colo Colo, El Delincuente, el Bonete Maulino, El Hombre de la Rosa, El hombre y su Mujer.

Pero los nombrados en primer lugar son los que llevan el pandero.

Entre las características de su narraciones sobresale, primero la atmósfera que sabe impregnar, luego la sencillez y claridad de su lenguaje, también el uso de un estilo que es formidable y, por último, la mirada humanitaria que cierne sobre los personajes.

La temática es redundante, en el sentido que sus creaciones abarcan el bajo mundo de bandidos, salteadores, borrachos, pendencieros, ladrones, prostitutas, gente de mal vivir, etc.

La estructura de sus narraciones es casi perfecta. Son redondos. Nada falta ni nada sobra. Interesan sobremanera por el nudo dramático y la forma de contar la anécdota.

Se ven parejos.

Sin embargo, los finales carecen de estrépito. Resultan reflexivos. Se parecen a las aguas mansas de un lago yéndose a dormir a la orilla. Poco ruido, pausadas, rítmicas, casi sin vida.

Véase por ejemplo el desenlace de “Laguna”: el lector imagina su final. No se sabe más de él. Hay especulación del protagonista. En “El vaso de Leche”, el clímax estalla con el llanto del muchacho. Sin embargo, el desenredo es una vago caminar por el puerto, contento y feliz de haber comido.

Debió terminar cuando se despide de la dueña.

Finalmente, “Una carabina y una Cotorra”. Aquí nos detenemos. Son 3 relatos en uno: 1) La habilidad del nativo para arreglar el arma, 2) la maravillosa anécdota de la cotorra marchando sobre la mesa y 3) La adquisición y muerte de la otra cotorra en la casa del joven.

Todas sin un término definitivo.

Es más bien una meditación sobre lo acontecido.

Cuestión de gustos, sin lugar a dudas. Preferimos el fin como un pantallazo, un relampagueo, algún cambio brusco, sorprendente, que haga abrir los ojos al lector “en forma de O” o que le provoque una sonrisa  de satisfacción por el logro, maravillándose del arte narrativo del autor.

No es la constante, en todo caso. En “Colocolo”, por ejemplo, su remate es humorístico y sorprendente.

Es otra de las características de Manuel Rojas: su humorismo. Un humorismo breve, con mucha ironía, colocado como al desgaire.

Nos recuerda por momentos los acápites de González Vera.

De los tres relatos, hay uno que sobresale por su intensidad conmovedora, por el pizzicato que el autor coloca en su estilo, por la dramaticidad del hecho. Es “La Cotorra”, su desfile, su ataque y su muerte. Simplemente notable. En eso coincidimos con Alone. Él, en todo caso, retrata mejor la impresión:

“Necesitaría, desgraciadamente, demasiado espacio para citar el trozo vivo y transmitir la sensación palpitante del espectáculo, donde intervienen la ternura, la ironía, el pasmo, una sonrisa de la más fina calidad y ese goce inexplicable, ese deleite, un tanto absurdo, que causa ver brotar de la materia inanimada, papel y tinta, un ser viviente, una creatura que existe delante de nosotros. Ignoro si encierra un símbolo y si la cotorra endereza una sátira contra algo. Prefiero creerla como la veo, cotorra verdadera y electrizada que obedece, marcha, gira, hace evoluciones sobre la mesa, como un guerrero en el campo de batalla, y, por fin, cuando su dueño y señor lo manda, muere. Pocas veces he leído en mi vida un trozo como ése, tan delicadamente equilibrado entre la ironía y la ternura, con esa plenitud interior sin exceso, con esa onda espontánea, surgente, que se alza a nuestra vista, se desarrolla y muere, poética, dramática, espectacularmente”.(Crónica Literaria, mayo 1965, El Mercurio).

Nadie podría  interpretarlo mejor

La cuentística de Manuel Rojas

Si bien la mayoría de su creación literaria está basada fundamentalmente en hechos de vida, en los cuentos,  al menos, no todos tienen esa condición. Alguno de ellos le fueron contados, otros los supo al través de terceras personas y su motivación es más universal.  La importancia de Rojas como cuentista la resume Raúl Silva Castro en su Panorama Literario de Chile:” El despejo para narrar, la sencillez de la sicología de los personajes escogidos, la chistosa amenidad, son valores que no abundan con exceso en el cuento chileno y que el publico busca con ahínco. Todos esos relatos parecen vividos, de todos se podría asegurar que son auténticos, ya que en ellos queda a la vista, a poco que se lea, la sinceridad con que fueron observados. No hay trampa y la emoción corre despejadamente desde la pluma del narrador hasta el corazón de quien lee”.

Los cuentos de Manuel Rojas, que no son breves, llenan un espacio importante en el género literario de Chile y confirman una vez más la indudable capacidad creativa de su autor, como asimismo, el notable oficio de narrar, provisto de un estilo que está entre los relevantes de las letras chilenas.

Su calidad es tal que se mantiene al través del tiempo, lo cual, sin duda, es el mejor premio para un escritor.

         

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