LAUTARO Y EL MESTIZO ALEJO COMO VENERO LITERARIO

                              

 

Jorge Arturo Flores

La acción de indivisas personas al mando de multitudes, enarbolando las armas, para eliminar al ocupante o al sometedor, es un  tema recurrente en la literatura universal. Resalta en la historia de Roma el caso de Espartaco. En Chile tenemos alguien que enrumbó por los mismos caminos:

Lautaro.

Pero también hubo otro que pasa inadvertido por la imponente sombra que proyecta el toqui mapuche:

El Mestizo Alejo.

En el medio, Pelantaro (Pelon-traru), de quien  hablaremos otro día.

Las letras chilenas los han erigido como fuente importante en las creaciones artísticas y son diversos los volúmenes que se publicaron en torno a sus figuras. Sobresalen, sin duda, los escritos por Fernando Alegría en su libro “Lautaro, Libertador de Arauco”,  Víctor Domingo Silva con “El mestizo Alejo” y Benjamín Subercaseaux con “Pasión y Epopeya de Halcón Ligero” (obra de Teatro). Isabel Allende, enfatiza a Lautaro en su libro “Inés del Alma Mía”.  En las historias chilenas, por su parte,  sus nombres son voceados a menudo.

Protagonismo histórico no es precisamente lo que les falta.

Tampoco literario.

Lautaro ((1534-1557, Lef-Traru) y el Mestizo Alejo (1635-1660, Ñanku) tienen similitudes en sus existencias. Ambos convivieron con los españoles, aprendieron de ellos y  devinieron en líderes de su pueblo, organizándolos  contra  los invasores. Les   propinaron increíbles derrotas. No olvidemos que los peninsulares enviaron a nuestras tierras lo más granado de su ejército. Al vencerlos, demostraron genio militar y gran concepto de la táctica y estrategia castrense, que, en el caso de Lautaro, es notable y constituye fuente de estudio en las aulas militares.  Los usurpadores ibéricos no pudieron con ellos en el campo de Marte. Lautaro murió en  ignominiosa emboscada, y, el otro, por mano de sus dos esposas mapuches, celosas de sus rehenes hispanas.

Tampoco pudieron  arrojar a los íberos de su heredad. Nunca alcanzaron  Santiago para eliminarlos de la faz de la tierra. Aunque estuvieron cerca.

La ciudad de Concepción, sin embargo, los recordará siempre: en varias ocasiones fueron invadidos y saqueados, obligando al despueble, al igual que otras ciudades sureñas.

Los libros y las historias narran con lujo de detalles la vida de estos dos grandes líderes mapuches, despertando simpatías  por su incansable lucha en pos de la libertad de sus hermanos frente a los desmanes, rechazo y esclavitud  que los españoles ayer, los chilenos hoy, causaron  y causan, respectivamente,  en su incontenible disputa por la codicia y el poder.

Una realidad que surgió en el confín del mundo y que permanece todavía.

Es decir, no hemos avanzado mucho.

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